“La ochenta no es la ochenta sin Alberto Lechona”, cuenta Aura Palacio González. Ese es uno de los cientos de mensajes y comentarios que ha recibido esta semana, en la que el restaurante, con 52 años de historia, bajó las rejas de su sede de toda la vida. Y es que, en esas más de cinco décadas, Alberto Lechona se convirtió en un sitio de visita obligatoria en Medellín: ubicado en la glorieta de Don Quijote, en la carrera 81 con la 34A, el restaurante familiar pasó a la tradición gastronómica de los paisas gracias a la receta de su famosa lechona.
Desde el lunes, las alarmas de sus clientes frecuentes –y de aquellos que por lo menos alguna vez probaron alguno de sus platos– se encendieron cuando el restaurante publicó en sus redes sociales un video anunciando que había tenido que irse de su primera sede. Y es que, al igual que los salpicones de Campo de Paz –los llamados Salpimuertos, bautizados así por su clientela y también con más de 50 años de historia–, Alberto Lechona cerró debido a las obras del Metro de la 80.
Pero, a diferencia de los autores de esa receta dulce compuesta por frutas, queso y helado, Medellín seguirá teniendo lechona “para rato”, como dice la misma Aura, quien también cuenta que desde hace 40 años su familia es dueña del negocio. Fue en la década de los ochenta cuando su mamá, doña Silvia González, y sus tíos se lo compraron a don Alberto Arroyave, cuyo nombre fue el que bautizó el restaurante.
Desde su dueño anterior, Alberto Lechona siempre estuvo en la misma dirección. Por eso ha sido común leer y escuchar a muchos lamentar su partida con comentarios que lo recuerdan como uno de los puntos de referencia cuando alguien estaba perdido o buscaba una dirección en Laureles. Y aunque el negocio que hizo la familia de Aura vino con receta incluida, fue con ellos que Alberto se expandió –hoy también tiene una sede en el Mall Llanogrande–, comenzó a llevar la lechona a domicilio a otros barrios de la ciudad y hasta incluyó más platos en el menú.
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