Entre junio de 1926 y febrero de 1927, Tomás Carrasquilla publicó por partes La marquesa de Yolombó en el periódico Colombia, diario de la tarde. A la sazón, Carrasquilla tenía 70 años, era solterón, vivía en la casa de su hermana Isabel y había publicado Frutos de mi tierra, Simón el Mago, San Antoñito y otras obras que lo convirtieron en una celebridad literaria en Antioquia y Colombia.
De alguna manera, la historia de Bárbara Caballero lo había acompañado desde niño, cuando escuchaba los relatos de sus ancestros de labios de los ancianos de su familia, en la casa de Santo Domingo.
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Precisamente en esa casa, a pocos metros del parque principal, hay ahora un museo dedicado a la memoria del autor, que abre sus puertas de lunes a viernes desde las 9:30a.m. hasta las 5:00p.m. La tarde en la que lo visité, un grupo de mujeres bordaba en el patio, entre risas e historias de vecindario. Allí fui a ver el manuscrito original, donado a la entidad cultural por la Gobernación de Antioquia, que se los compró a herederos de Pepe Mejía, el familiar a quien Carrasquilla le dedicó la ficción.
Se trata de un cuaderno grande, con renglones azulados. En las primeras páginas, la letra de Carrasquilla es segura, hay pocas enmendaduras. A medida que transcurren la historia y las cuartillas, el número de anotaciones aumenta, al punto de tachar oraciones y párrafos.
Ese libro es la semilla de la edición crítico-genética que un grupo de profesores de la Universidad de Antioquia lleva varios años preparando, con la intención de entregarla al público en el centenario de la primera edición de la historia en el formato de libro (1928). Resumiendo mucho, las ediciones críticas acercan al lector a la obra original. Para hacerlo, eliminan las alteraciones que hay entre una edición y otra del libro y tienen notas que explican la mentalidad y el lenguaje de la época de escritura.
“Hay una distancia temporal significativa entre la novela y los lectores actuales. Hay palabras que han caído en desuso y que están presentes en sus obras. Hay formas de la oralidad que tomaron variaciones y hay otras formas que las nuevas generaciones que ya no reconocen. Sí creo que hay una barrera lingüística para leer la obra de Tomás Carrasquilla”, días antes me dijo Félix Gallego, profesor de la Universidad de Antioquia.
A veces conviene recordar que nuestro lenguaje no es el mismo de los abuelos ni será el mismo de los nietos por el simple hecho de que cada generación vive y construye un léxico particular.
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Volvamos al Museo de Santo Domingo. En una de sus paredes hay un aviso con la genealogía de Carrasquilla. Allí, el visitante se entera que el escritor fue descendiente de María de Luz Caballero, hermana de la marquesa. De esa forma, la ficción histórica se convierte en las memorias familiares de Carrasquilla. En una carta de 1937, Carrasquilla cuenta que su abuelo materno le encargó novelar “algo sobre Yolombó y su marquesa”.
La idea no fue fácil de llevar a la práctica, sobre todo por la falta de documentos. Al final, venciendo su “pereza ingénita”, Carrasqulla rebuscó “por aquí y por allá (...) libracos y viejos”.
Detengámonos un párrafo para pensar por qué un autor se documentó para escribir una ficción. En el público general existe la idea de que las novelas y los cuentos nacen casi en exclusiva de la imaginación de los autores. Esto no es del todo cierto. Para que las historias sean creíbles, deben parecerse a la realidad. No a la manera de un espejo, sino de una pintura. Si esto es así para nosotros, lo era más para la generación de Carrasquilla y las del siglo XIX y principios del XX. Tanto María, de Jorge Isaacs, y La vorágine, de Jose Eustasio Rivera, comienzan con “cartas” que crean la ilusión de veracidad.
En esa clave, Carrasquilla escribió la novela y sus coetáneos la leyeron. En la carta citada, Carrasquilla le dice a su interlocutor que está feliz de saber que no se ha enojado con él por la forma en que retrató a sus abuelos.
A renglón seguido habla de parientes que se molestaron porque no “sacó” a los abuelos “tomando té, hablando el francés y jugando el rosacruz”. Las tensiones de la novela con su entorno han cambiado con el paso de los almanaques. Hoy, La marquesa de Yolombó desmitifica ciertas ideas del pasado antioqueño, en particular aquella relacionadas con las razas.
“Hay que ser muy conscientes de nuestra realidad histórica, de nuestras circunstancias. Nuestra sociedad está construida sobre la diferencia. Carrasquilla muestra todos esos matices”, dijo el profesor Gallego.
En este caso en particular, se trata de la mixtura de tradiciones religiosas y culturales. El ejemplo más citado para explicar ese sincretismo es el diálogo que sostiene la marquesa con uno de sus esclavos respecto a los “ayudaos”.
Haciendo gala de una oratoria que haría enrojecer de la envidia a los políticos y a los sofistas, el esclavo le dice a Bárbara que los talismanes que invocan la ayuda del diablo en realidad hacen parte del plan de Dios para ajustarle las cuentas a este por “toítas las picardías qu’hizo en el cielo (...) hace mi Dios en una vía dos mandaos: castiga al diablo y le ayuda a los cristianos”.
Sigamos en el museo de Santo Domingo. En uno de los cuartos está la cama angosta de Carrasquilla. También pende su levantadora, que deja a la vista del visitante la altura y la corpulencia del autor. A un lado está un escapulario. Hay fotos de él con su hermana y sobrinos. Esta familia fue crucial para el autor. Aunque respetado por sus colegas, Carrasquilla no vivió de las ventas de sus libros. Estudiosos en su obra y biografía afirman que Claudino Arango, esposo de Isabel, ejerció una suerte de mecenazgo.
Más allá de estas especulaciones, lo cierto es que la relación más significativa de Carrasquilla fue con Isabel. Tal vez por eso, ahora, a la luz de los movimientos feministas, se le crítica al autor de La marquesa de Yolombó que fuera una sombra para su hermana.
En la vida de Carrasquilla, las mujeres tuvieron papeles protagónicos. De hecho, el profesor Gallego y Catherine Torres, la gestora de la colección del Museo Tomás Carrasquilla, contaron que Raúl Carrasquilla, papá de Tomás, desapareció pronto de la biografía del escritor. Eso explicaría la fuerza de los personajes femeninos en sus novelas. Verbigracia, Bárbara Caballero, que defiende con sentido común el derecho de las mujeres a leer y escribir. Y precisamente sería una mujer la que le diera un giro a la historia de la marquesa en los archivos parroquiales de Yolombó.
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