Dentro del tatami de lucha de la Unidad Deportiva Atanasio Girardot, Yulián tiene sometido a su rival y busca, con la poca energía que le queda, hacer un movimiento que le permita poner las escápulas de la espalda del contrincante en el suelo. De lograrlo, ganaría un combate en el que empezó perdiendo y, poco a poco, logró reponerse, remontar.
El enfrentamiento ha sido parejo, emocionante. Los compañeros de Yulián, que compite por Itagüí en la categoría de 35 kilogramos, gritan con fuerza, lo animan, le dan indicaciones: “haz este movimiento, busca hacerle la plancha”.
El rival, que representa al Inder de Medellín en la primera edición de lucha libre que se hace en el Festival de Festivales, también tiene su barra de colegas que lo alientan a no rendirse: “vas a ganar, aguanta un poco más”, gritan, con la fuerza que les falta a quienes están en combate, los niños que están sentados a pocos metros del tatami.
Los dos minutos del “segundo tiempo” del combate se acaban. Yulián sigue teniendo sometido a su adversario. No logró darle la vuelta para hacerle plancha. Tampoco sumó los puntos necesarios para quedarse con la victoria: el ardor intenso en la garganta de lo reseca que estaba por 4 minutos de un esfuerzo descomunal parecieron no tener sentido.
Pensé que estaría triste. Salió sonriendo del tatami después de abrazar al rival que, aunque ganó, no lograba sostenerse bien del cansancio. Yulián abrazó al profesor del Inder primero que a su propio entrenador. El contrincante, desmadejado, fue llevado a una silla para recibir atención de los médicos del evento. Poco después se levantó: estaba bien. Este deporte forja el carácter de las personas.
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Todo ocurrió a la vista de Óscar Muñoz, un hombre de contextura gruesa y cabeza rapada, que fue el primer colombiano que compitió en lucha grecorromana en unos Juegos Olímpicos. Lo hizo en Seúl, Corea del Sur, en 1988. Y 38 años después de esa aventura, es entrenador del deporte en Rionegro, Antioquia.
Por haber practicado el deporte al que le dedicó su vida, se podría pensar que es rudo. Todo lo contrario: habla con una tranquilidad y amabilidad que sobrecogen. Su forma de ser, de entrada, tumba muchos de los mitos que hay sobre la lucha.
“Cuando yo empecé, se pensaba que los deportes de contacto eran peligrosos. La gente prefería el fútbol. Sin embargo, este deporte es especial para que los niños mejoren cosas de la vida porque enseña a solucionar problemas de manera consensuada. También a manejar la agresividad con inteligencia, porque en un combate hay que saberla utilizar. Pienso que es algo esencial para la vida”, aseguró.
Lo dice con conocimiento de causa. Él llegó a la lucha después de practicar boxeo. Le gustó el deporte que lo hizo olímpico porque era completo. Además, debido a que le enseñó a pensar en cómo podía resolver los inconvenientes que se le presentaban. Dice que la lucha es parecida al ajedrez: se debe seguir un plan, pero también solucionar, mapear el siguiente movimiento en cuestión de segundos.
“Celebro mucho que hayan incluido este deporte en el Festival de Festivales. Aquí hay mucho talento. Falta un poco de inversión para poder tener medallistas olímpicos. Una medalla no se hace con pañitos de agua caliente, sino que se construye, se planifica desde estas edades con los niños que tienen potencial. Así lo hacen en los países desarrollados”, concluyó Muñoz, quien tuvo opción de participar en Barcelona 1992, pero no fue porque, aunque había clasificado, el Comité Olímpico decidió darle apoyo a quienes iban por ecuestre.
Desde que eso pasó, decidió no competir más por Colombia. En cambio, casi todos los niños que se pararon en el tatami de lucha libre –la base de la greco romana–, durante el Festival de Festivales 2026, sueñan con representar al país. En el caso de Yulián, que sus videos aparezcan en Tik-Tok, donde él los vio y se enamoró del deporte, para que más niños se animen a practicarlo.