Estación Cocorná es un corregimiento de Puerto Triunfo, en el Oriente antioqueño, a cinco horas de Medellín. Pero decirlo así es quedarse corto. Cocorná no se mide en kilómetros ni en horas, sino en silencios, en verdes imposibles y en la forma en que la gente todavía mira a los ojos.
Aquí el clima es cálido y húmedo, la temperatura oscila entre los 23 y los 30 grados, y la altitud apenas alcanza los 150 metros sobre el nivel del mar. Todo parece sencillo, pero nada lo es. Este lugar, rodeado por el río Cocorná y abrazado por el Magdalena Medio, guarda uno de los ejemplos más honestos de ecoturismo comunitario.
Su corazón late en un proyecto que ha cambiado el destino del pueblo: el Centro de Conservación de la Tortuga de Río, liderado por Isabel Romero —Chava—, una mujer que decidió romper con la herencia de la caza para sembrar futuro.
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Viajar temprano para llegar hondo
Nos encontramos a las 5:30 de la mañana en la Terminal del Norte. El bus salió a las 5:50, cuando Medellín aún bostezaba. Como los gallos, partimos a buscar un país desconocido en medio de las praderas. Tras varias horas de carretera y cruzar el río Claro, llegamos a la vereda Puerto Pita. Allí comenzó el verdadero viaje.
Para llegar a Estación Cocorná hay dos opciones: seguir por carretera o hacerlo por los viejos rieles del Ferrocarril de Antioquia. Elegimos la segunda. Siempre.
Subimos a una motobalinera, un ingenioso y artesanal medio de transporte: una moto adaptada para deslizarse sobre los rieles, con una tabla y sillas que desafían las leyes del miedo y confían plenamente en las de Newton. El trayecto dura unos 20 minutos, pero queda tatuado en la memoria.
Durante el recorrido vimos valles abiertos, montañas cubiertas de verdes infinitos, palmeras, vacas, caballos y aves. El sonido del motor retumbaba como gritar dentro de un cuenco de aire. A medida que nos acercábamos al pueblo aparecieron las casas de madera, los niños descalzos jugando junto a las vías, las gallinas, las miradas curiosas.
Al llegar, una escultura nos dio la bienvenida: Antonio Valencia, pescador, caminante eterno con su perro, símbolo de un pueblo que vive del río y para el río.
Día uno: perderse con quienes conocen el camino
Para esta aventura caminamos de la mano del Club de los Perdidos, guías locales que hacen del extravío una forma de encontrarse. Felipe Orange —Pipe— lideró el recorrido con la certeza de quien sabe que el territorio no se recorre: se escucha.
El objetivo estaba claro: conocer el tortugario, ayudar, ser útiles. Porque cuando una comunidad abre la puerta con respeto, lo mínimo es entrar con gratitud.
Allí conocimos a Chava, Isabel Romero, hija de pescadores, criada entre redes, ríos y la idea de que el mundo le debía algo. Su padre cazaba tortugas. Ella decidió salvarlas.
Hoy, en el Tortugario de Estación Cocorná, se preservan 11 especies de tortugas, entre ellas la emblemática tortuga del río Magdalena (Podocnemis lewyana), especie en peligro de extinción. Permanecen allí entre tres y cuatro meses —o más— dependiendo de su estado, hasta ser liberadas.
Muchas llegan por tráfico ilegal, explotación o por ese “amor” humano que, como dice Chava, no es amor sino tortura: “Cuando nos enamoramos de algo que no nos interesa cuidar, lo destruimos”.
Chava conoce a cada tortuga por su nombre. Reina, la grande. Sigi, la ciega. Las nombra como quien reconoce almas. Esa tarde aprendimos sobre rescate, incubación y liberación, y nos anunciaron que al día siguiente liberaríamos cuatro tortugas.
Salimos del tortugario para tomar nuestro tercer transporte: una canoa. Navegar el Magdalena al atardecer es una lección de humildad. El cielo se volvió naranja y amarillo, las garzas azules y blancas cruzaron el aire, los hipopótamos —sí, hipopótamos— emergieron a lo lejos, y una familia de monos aulladores gritó su territorio desde los árboles, ese sonido profundo me recordó el golpe de la motobalinera: la selva también ruge. Sin duda el mejor atardecer que mis ojos han visto en Antioquia.
Día dos: el arte de huevear y caminata Cascada del Oro
A las 4:30 de la mañana ya estábamos listos. Íbamos a huevear: recolectar huevos de tortuga antes de que los depredadores —incluyéndonos— los destruyan. Una tortuga puede poner entre 40 y 45 huevos, pero solo el 2 % sobrevive. En Cocorná, gracias a la comunidad, la tasa de nacimiento alcanza entre el 95% y el 98 %.
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El río parecía un espejo. Grillos, aves, monos, silencio. De pronto el grito: “¡Por aquí hay huellas!”. Los expertos vieron lo que nuestros ojos citadinos no podían. Excavaron con los dedos, lento, respetuoso. La arena arriba era fría; abajo, cálida. Saqué un huevo. Fue un acto íntimo, casi místico.
Recolectamos 29 huevos sanos, listos para iniciar su proceso de incubación y, en unos meses, volver al río que los espera. Tocaba regresar al pueblo para entregarlos. Aún era temprano, pero la comunidad ya estaba en pie, preparada para protegerlos. Hicimos una pausa para desayunar y, de paso, aprender de esas bebidas que solo existen aquí: ¿ha probado alguna vez jugo de yuca o jugo de espagueti? ¿O el licuado de escamas de pescado con leche, el famoso colágeno del río? Son sabores heredados, mezclas milenarias que pasan de familia en familia y mantienen viva la identidad de estas tierras.
Luego vino la liberación. Al amanecer, con el Magdalena abierto frente a nosotros, cargamos cuatro tortugas: Amaranto, Imper, Clara y Antonieta.
Imper fue el primero en lanzarse al agua. Cada una lo hizo a su ritmo. Entendí por qué se les pone nombre a las tortugas: tienen carácter, decisión, voluntad.
Cruzamos al río Nare para liberar a Amaranto (Rhinoclemmys areolata). Allí comenzó la caminata hacia la Cascada del Oro.
Caminar a la Cascada del Oro, el paraíso escondido de Cocorná
El recorrido es corto —20 a 30 minutos— pero intenso. Caminar en un bosque donde la temperatura supera los 30 grados no es solo un esfuerzo físico: es una experiencia corporal completa. El aire es húmedo, la piel se vuelve pegajosa, el sudor corre sin permiso y el cuerpo exige agua con una urgencia primitiva. Hay que hidratarse seguido para no caer rendidos bajo los árboles.
Tras cruzar la primera fuente de agua —un hilo cristalino que nacía de una de las cascadas— llegó el momento de liberar a Amaranto. La dejamos ir. Se fue apurada, como si hubiera estado esperando ese instante desde siempre. Nosotros nos quedamos mirándola desaparecer, felices y un poco más ligeros.
Pero el camino apenas comenzaba.
La selva empezó a cerrarse alrededor. En esta franja del Magdalena Medio habitan siete especies de primates, y con suerte los escuchas antes de verlos: saltan, gruñen, reclaman el aire como si fuera suyo —porque lo es—. No están solos. Vimos ranas, tarántulas, hongos, helechos, bambú, ceibas gigantes —cartagenas— de las que se dice que, si confías en ellas, pueden curarte el alma. Yo no lo dudé. Abracé más de una. ¿Cómo no hacerlo cuando la tierra te lo está pidiendo?
Camino arriba, el bosque se vuelve un espectáculo inagotable. El bijao abre hojas como paraguas verdes, los helechos se multiplican y la luz se filtra en capas. Para quien ama la fotografía, este sendero es una trampa deliciosa.
Después de unos 25 minutos de caminata, el sonido del agua empezó a dominarlo todo. Habíamos llegado a la Cascada del Oro. O mejor dicho, su última cola. Meterse al agua no es una opción, es una necesidad. La temperatura es perfecta, ni fría ni tibia. La cascada canta mientras uno flota.
Pero este no es el final del viaje
Para quienes no le temen a la altura ni al esfuerzo —y tal vez padecen una ligera carencia del sentido común—, existen dos niveles más. Subimos con uno de los guías locales. La primera trepada, hacia el segundo piso, es empinada y resbalosa. Arriba nos esperaba una doble caída de agua, enorme, poderosa, con un jacuzzi natural de tonos verdes y azules donde nadar es un pulso entre el corazón humano y la fuerza del agua.
Nos quedamos poco. El tercer nivel nos llamaba.
La subida final es dura: lianas, roca mojada, inclinación exigente. Aquí no hay espacio para celulares ni descuidos. Todo se empapa. Lo que se ve arriba solo puede guardarse en la memoria.
Y entonces, al llegar, entendí.
El nacimiento de la cascada es un paraíso imposible de dimensionar. Agua cristalina, hojas caídas flotando como islas, profundidad que parece no tener fondo. Las aves vuelan, se bañan, beben. La vegetación cuelga en cortinas verdes.
Descendimos por el sendero de la selva hasta la última cola. La cascada debe su nombre a las vetas doradas incrustadas en la roca, recuerdo de una minería que ha marcado —y herido— la región del Magdalena. Minería que, cuando es ilegal, deja mercurio, deforestación y abandono. La selva resiste. La gente también.
Antes de volver al pueblo, seguimos navegando el río. Vimos martines pescadores anillados, nutrias, cormoranes neotropicales, garzas cucas, golondrinas, monos nocturnos, aulladores, más hipopótamos. Un ecosistema completo que necesita respeto.
Esta selva húmeda cálida no solo me mostró un paisaje, sino un modo de vivir. Si alguna vez quiere empezar a caminar, hágalo aquí. Con rutas locales. Con historias reales. Permítase perderse con el Club de los Perdidos.
Porque no hay respuesta que no aparezca caminando. Y no hay camino más honesto que aquel que devuelve la vida al río.
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Recomendaciones antes de la aventura
Esta ruta no exige fuerza extrema, pero sí respeto por el clima y el entorno.
Hidrátate constantemente: el calor es alto y la humedad engaña
Camina siempre detrás del guía en los tramos de selva y cascada
No toques animales ni plantas
No alimentes fauna silvestre
Respeta los tiempos del río y de la comunidad
Ficha técnica del Safari Ribereño – Cascada del Oro
Ubicación: Magdalena Medio antioqueño, Colombia
Municipios: Puerto Triunfo (corregimiento Estación Cocorná) – cuenca del río Magdalena y río Nare
Distancia aproximada: Entre 3 y 5 km en total (incluye caminatas, accesos fluviales y recorrido a la cascada)
Duración: 2 días / 1 noche
Altura máxima: 280 msnm (parte alta de la Cascada del Oro)
Altura mínima: 140 msnm (riberas del río Magdalena)
Nivel de dificultad: 2/5(Apto para personas sin experiencia previa en trekking, con tramos húmedos, calor alto y subidas cortas pero exigentes)
Temperatura promedio: Entre 23 °C y 32 °C(Clima cálido, húmedo y tropical)