Líbano amaneció este jueves sumido en el luto, el miedo y la incertidumbre tras una de las jornadas más sangrientas de las últimas semanas. Una intensa oleada de bombardeos israelíes sobre Beirut y otros puntos del país dejó más de 200 muertos y más de 1.000 heridos, según el más reciente balance de las autoridades sanitarias libanesas.
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Las imágenes de edificios destruidos, calles cubiertas de escombros, ambulancias en carrera y familias huyendo en medio del caos volvieron a instalar el terror en una población que, lejos de recuperar la calma, siente que la guerra vuelve a entrar por la puerta principal.
El Gobierno libanés declaró este jueves día de luto nacional. Las banderas ondearon a media asta y varias oficinas públicas cerraron sus puertas mientras equipos de emergencia trabajaban entre estructuras colapsadas y barrios golpeados por los ataques.
En medio de ese escenario, muchos habitantes relataron escenas de pánico. “La gente empezó a correr de un lado a otro”, contó un residente que se encontraba en una de las zonas atacadas de Beirut, donde varias explosiones sorprendieron a la población sin previo aviso.
El golpe no solo dejó víctimas y destrucción. También volvió a poner en jaque la frágil tregua anunciada esta semana entre Estados Unidos e Irán, un acuerdo que buscaba reducir la tensión en la región durante dos semanas y abrir espacio a nuevas negociaciones.
Sin embargo, la ofensiva israelí sobre territorio libanés expuso de inmediato las grietas del entendimiento. Para Irán, los ataques representan una violación del cese al fuego. Para Israel y sectores del gobierno estadounidense, en cambio, Líbano no hace parte del alcance de ese acuerdo.
Mientras las potencias discuten los términos de la tregua, en las calles del Líbano el lenguaje es otro: el de la pérdida, el duelo y la supervivencia.
Israel, por su parte, dejó claro que mantendrá su ofensiva contra Hezbollah. El primer ministro Benjamin Netanyahu afirmó que seguirá golpeando al grupo respaldado por Irán “donde sea necesario”, con el argumento de proteger a las comunidades israelíes del norte del país.
Horas después de los bombardeos, Hezbollah respondió con el lanzamiento de cohetes hacia Israel, acusándolo de violar la tregua y alimentando aún más el temor de una escalada mayor.
En uno de los ataques, además, murió el secretario personal y sobrino de Naim Qasem, jefe de Hezbollah, según informó el ejército israelí.
La nueva jornada de violencia ha generado preocupación internacional. Desde Europa, varios gobiernos y la diplomacia de la Unión Europea pidieron que cualquier alto al fuego regional incluya expresamente a Líbano, al advertir que dejar abierto ese frente podría hacer fracasar cualquier intento de desescalada.
En paralelo, el conflicto sigue teniendo repercusiones fuera del campo militar. La tensión en torno al estrecho de Ormuz, una de las rutas energéticas más sensibles del mundo, mantiene en alerta a los mercados y a la comunidad internacional.
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Pero mientras las capitales del mundo miden consecuencias diplomáticas y económicas, en Beirut y otras ciudades libanesas el saldo es más inmediato: casas destruidas, familias rotas y una población que vuelve a preguntarse cuánto más puede resistir.
Lo que debía ser una ventana de respiro en Medio Oriente parece, por ahora, apenas una pausa frágil sobre un terreno todavía en llamas.