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Salarios falsos de hasta $40 millones, así reclutan a colombianos para la guerra en Ucrania

Una vez entran a ese país, los colombianos se enfrentan a una realidad muy distinta. Combates, condiciones extremas y riesgo constante de morir. Sus historias.

  • El soldado colombiano Audel Rojas combatió durante cinco meses en el frente de guerra de Donbás, en la frontera de Ucrania con Rusia. Foto: cortesía
    El soldado colombiano Audel Rojas combatió durante cinco meses en el frente de guerra de Donbás, en la frontera de Ucrania con Rusia. Foto: cortesía
hace 14 horas
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“Antes era distinto. Uno se sumaba a esa guerra en Ucrania y ganaba dinero, pero sobre todo había compañerismo; entre todos nos protegíamos. Ya no es así. Allá los colombianos somos una cifra más y, aunque uno se une al Ejército ucraniano, toca cuidarse tanto de los rusos como de los mismos ucranianos”.

Así resume su experiencia Audel Hernán Rojas Beltrán, un colombiano que estuvo en el frente de guerra del Donbás combatiendo a las tropas rusas. Viajó en busca de una mejor estabilidad económica y permaneció en el conflicto entre noviembre de 2023 y marzo de 2024.

Al principio —dice— todo parecía distinto. Las historias que circulaban hablaban de ingresos altos, de oportunidades para exmilitares y de un entorno donde, pese al riesgo, existía cierta lógica de respaldo entre compañeros. Pero esa percepción se fue desdibujando con los meses, hasta convertirse en una experiencia marcada por el abandono.

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“Decidí salirme porque ya no podía más, estaba cansado, estresado, llevaba demasiado tiempo metido en eso. Incluso intentaron secuestrarme. Allá hay soldados a los que prácticamente retienen en las posiciones y los obligan a permanecer cuatro, cinco o hasta siete meses en zona de combate. Eso es muy distinto a ser militar en Colombia. Aquí uno puede estar meses en operaciones, pero en una guerra como esa el cuerpo necesita descanso, y allá casi no lo hay”.

Audel es huérfano de padres y fue criado por su abuela. Tiene una hija, producto de una relación que terminó en divorcio. Se unió al Ejército colombiano a los 20 años de edad. Una vez seducido por la promesa de altos ingresos en una guerra ajena, se fue con la idea de regresar con dinero para su familia. Y lo logró. Sin embargo, su caso es la excepción, no todos corren con la misma suerte.

“Entre los ucranianos sí hay rotaciones, cada cinco o diez días los relevan. Pero a los colombianos no. A nosotros nos dejan allá, como si fuéramos desechables. Yo conocí casos de compatriotas que pasaron hasta siete meses metidos en una trinchera, sin descanso, esperando sobrevivir”.

Esa sensación de ser prescindibles atraviesa buena parte de los testimonios de quienes han logrado regresar. No se trata solo del riesgo inherente a la guerra, sino de las condiciones en las que enfrentan el combate como largas permanencias en posiciones, escasos relevos y una exposición constante a la muerte.

“Eso es una guerra, ¿sí me entiende? Si usted queda herido, es como si quedara muerto. Allá lo dejan tirado; nadie va a ir a rescatarlo, así sea su mejor amigo. Cada quien prefiere cuidarse a sí mismo antes que arriesgar la vida por alguien más. Los cuerpos se quedan ahí, en el terreno, hasta que se puede hacer el levantamiento, cuando la zona esté más segura”, añade.

Su relato coincide con otras voces que han pasado por el mismo escenario, incluso desde roles distintos al combate.

El médico colombiano Eduardo Arias, radicado en Chicago, regresó recientemente de una misión humanitaria en Ucrania. En diálogo con Caracol Radio describió un panorama calcado al que narra Audel, pero desde la crudeza de las salas de cirugía improvisadas.

Según su testimonio, las heridas de guerra que atendió están “en otro nivel”, explosiones que destruyen rostros, mutilaciones, amputaciones y traumas que superan ampliamente los que se ven en contextos civiles o incluso en escenarios de violencia armada convencional.

Durante su labor con una organización humanitaria, trabajó bajo condiciones extremas. Ataques con drones a pocas cuadras de su ubicación, detonaciones constantes y sirenas de alerta que se activan prácticamente todos los días.

En medio de ese entorno, Arias se encontró con un soldado colombiano que le resumió la dimensión del riesgo en una sola cifra: “De un grupo de 53 combatientes con los que había iniciado, solo quedaban dos sobrevivientes. Los otros 51 habían muerto en combate”, dijo.

Ese dato, también lo intenta describir Audel cuando dice que “la guerra no solo desgasta, sino que consume rápidamente a quienes entran en ella, especialmente a quienes llegan sin redes de protección reales”.

Falsas ofertas “laborales”

Y, sin embargo, el flujo no se detiene. En barrios vulnerables del oriente de Cali, así como en otras zonas del suroccidente del país, la promesa de dinero fácil sigue abriendo una puerta directa hacia el frente de guerra.

Bajo la fachada de ofertas laborales —muchas veces en seguridad privada o servicios especializados— redes de reclutamiento ofrecen salarios que pueden alcanzar los 10.000 dólares mensuales, cerca de 40 millones de pesos.

La cifra, en contextos de precariedad económica, resulta difícil de ignorar.

Reclutadores identifican a jóvenes, muchos de ellos con experiencia militar o sin opciones laborales estables, y les presentan una salida rápida.

Lo que no siempre se dice es que, en la práctica, terminan integrando filas como combatientes en conflictos ajenos, en condiciones que distan mucho de lo prometido.

De acuerdo con testimonios, en varios casos estos ofrecimientos derivan en situaciones que se acercan a la trata internacional de personas, engaños, restricciones a la movilidad y permanencias forzadas en zonas de combate.

“Todo se volvió un negocio de plata. Hoy en día hasta les están pagando los pasajes, pero eso es ponerse la soga al cuello. Entre más le dan, más lo controlan. Lo pueden retener, abusar de usted, hacer y deshacer. ¿Por qué? Porque como ellos le cubren el viaje, después le quitan el pasaporte y lo dejan completamente a merced. Lo pueden golpear, presionar, obligar a quedarse. Usted pasa a no tener ningún control”, lo dice Audel que lo vivió de cerca.

Por eso insiste en que la realidad es otra: “A uno le venden una cosa y cuando llega allá es completamente diferente. Usted no tiene control, no decide cuándo sale, no decide cuándo descansa. Solo le toca aguantar”.

Mientras jóvenes y veteranos se suman a esta guerra lejana, en Colombia las familias quedan esperando noticias. Muchas nunca llegan pues sus seres queridos han caído en una trinchera.

Según un informe del centro de pensamiento Atlantic Council, entre 300 y 550 colombianos han muerto en el conflicto entre Ucrania y Rusia, lo que los convierte en el grupo extranjero con más bajas en las filas ucranianas.

Mientras tanto, en Colombia, las familias intentan recuperar los cuerpos de sus seres queridos. En ese proceso, la Cancillería enfrenta múltiples dificultades. Según trascendió, hay al menos un centenar de casos identificados en los que la repatriación sigue siendo un desafío.

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Ley contra ese reclutamiento

Ante este panorama, el Estado colombiano sancionó la ley mediante la cual se aprueba la Convención Internacional contra el Reclutamiento, la Utilización, la Financiación y el Entrenamiento de Mercenarios, adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1989.

La normativa busca cerrar el cerco a estas redes. Entre sus objetivos está tipificar en el Código Penal colombiano las conductas relacionadas con el mercenarismo, facilitar la investigación y judicialización de quienes reclutan ciudadanos para guerras en el exterior, y permitir mecanismos como la cooperación internacional y la extradición.

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