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Pambelé y nuestros 40 segundos

Lo que hace falta es una política mucho más sólida de redistribución del ingreso desde el Estado y desde las empresas privadas.

14 de septiembre de 2025
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  • Pambelé y nuestros 40 segundos

Por Carlos Enrique Cavelier - opinion@elcolombiano.com.co

Nuestro ídolo, primer campeón mundial de boxeo, será siempre recordado por una frase que ha sido el as de burlas: “Es mejor ser rico que pobre”. Pero la verdad, observando el comportamiento del mundo entero, no es difícil encontrar que todos los países (con la excepción de las Venezuelas, Nicaraguas, Coreas de Norte) luchan enormemente por hacer crecer sus economías para que toda la población prospere.

La economía mundial empezó a crecer de verdad, para toda la humanidad, en la primera parte del siglo XX con los líderes de la Revolución industrial 150 años antes. Pero si lo midiéramos en minutos de los 200 mil años que nos hemos pasado siendo homo sapiens sapiens sobre la tierra, estos últimos 100 años de crecimiento equivalen a los últimos 40 segundos del día entero de la humanidad sobre el planeta: 40 segundos evitando el flagelo de la pobreza, de la falta de alimentos, de acceso a un trabajo estable; 40 segundos logrando el acceso a la salud que nos ha permitido la caída en la mortalidad infantil y el aumento en la expectativa de vida y llevar una vida más cómoda y lejos de enormes sufrimientos. Por ello, las afirmaciones sobre el decrecimiento y la Teoría del Club de Roma de algunos funcionarios del gobierno, son Maltusianas y románticas.

En términos de Colombia, hasta hace 100 años, habíamos crecido muy poco desde la Independencia. Pero a partir de 1985, para tomar los últimos 40 años, hemos quintuplicado nuestra economía. Y hemos reducido en 20 años la pobreza del 55% de nuestra población al 25%, dejando atrás la pobreza extrema llegando a un 6% en 2015. Obviamente, el retroceso durante la pandemia fue temporal, pero pronto volvimos a acercarnos a las cifras de la década anterior, objetivos que deben seguir en nuestro radar.

Claro, la mayor crítica al crecimiento económico colombiano es su muy desigual distribución, como ocurre en las otras economías latinoamericanas, las peores del mundo en ese sentido. Pero reiteramos una vez más que antes de la intervención del Estado, esa distribución es igual a la de varios países europeos. Lo que hace falta es una política mucho más sólida de redistribución del ingreso desde el Estado y desde las empresas privadas. Y sobre todo valorar el impacto en los hogares más pobres de cada punto de crecimiento económico que no es bajo.

El otro argumento a veces un poco irracional contra el crecimiento económico es su impacto en el efecto invernadero; y digo irracional cuando las grandes economías han desacoplado, ya por años, su crecimiento de su impacto en el calentamiento global. Obvio no es suficiente y debemos buscar que cada compañía y cada hogar logre el objetivo de ser carbón positivo, no dejando de ser muy urgente; en especial los que promovemos el crecimiento económico sostenible, pero sobre todo para la erradicación de la pobreza.

Sin duda en estos 40 segundos hemos estado mejor como país teniendo más recursos. Pambelé, nacido en la pobreza total de Palenque, que hace aún más contrastable su posición, tendrá razón sempiternamente.

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María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

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