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La eficiencia nos está agotando: una invitación a simplemente vivir

Nos hemos convencido de que tener un propósito justifica el agotamiento.

25 de septiembre de 2025
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  • La eficiencia nos está agotando: una invitación a simplemente vivir

Por Caty Rengifo Botero - JuntasSomosMasMed@gmail.com

La semana pasada caminé con una de mis grandes mentoras y amigas. Durante nuestra conversación me acordé de las mañanas en “pavas” en la finca de mi abuela. La recordé en las mañanas diciéndonos con una sonrisa cómplice y una taza de chocolate en la mano: “Dolce far niente” niñas es la dulzura de no hacer nada. En su voz, esa frase italiana no era una invitación a la pereza, sino un recordatorio de que vivir también significa detenerse, respirar, contemplar. Hoy, en medio de una cultura que glorifica la eficiencia y la productividad sin pausa, esa enseñanza resuena con más fuerza que nunca. ¿En qué momento dejamos de valorar el tiempo que no está lleno de tareas?

Vivimos una época donde la eficiencia se ha convertido en virtud suprema. Nos medimos por lo que producimos, por cuántas reuniones logramos encajar en un día, por cuántos correos les hemos dado respuesta antes de las 8 a.m. La hiperactividad se ha vuelto sinónimo de éxito, y el descanso, casi un pecado. En esta lógica, el tiempo libre no es visto como espacio de contemplación, sino como tiempo perdido.

Byung-Chul Han, filósofo surcoreano radicado en Alemania, lo describe con precisión en La sociedad del cansancio: ya no vivimos bajo el mandato del deber, sino bajo la tiranía del rendimiento. No necesitamos jefes que nos vigilen; nos autoexplotamos con entusiasmo, convencidos de que hacer más es ser más.

¿Qué dice la ciencia sobre esta sobrecarga “burnout”? Un estudio de la Organización Mundial de la Salud y la OIT (2021) reveló que trabajar más de 55 horas semanales aumenta 35% el riesgo de sufrir un accidente cerebrovascular y 17% el de morir por enfermedades cardíacas. Investigaciones de la Universidad de Stanford han demostrado que la productividad por hora disminuye drásticamente cuando se superan las 50 horas semanales de trabajo. Es decir, trabajar más no solo nos enferma: también nos hace menos eficientes.

Y, sin embargo, seguimos corriendo. Nos hemos convencido de que tener un propósito —que se ha vuelto mantra en el mundo corporativo— justifica el agotamiento. Pero en esa búsqueda de propósito, muchas veces olvidamos el propósito superior: vivir. Vivir con pausa, con presencia, con tiempo para mirar el cielo sin culpa.

Contemplar no es perder el tiempo. Es permitirle al cerebro procesar, crear, descansar. Es en el ocio donde nacen las ideas más brillantes, donde se cultiva la empatía, donde se recupera la salud mental. Como lo afirma el neurocientífico Andrew Smart, autor de Autopilot: The Art and Science of Doing Nothing, el cerebro necesita momentos de inactividad para funcionar de manera óptima. El descanso no es un lujo: es una necesidad biológica.

Este artículo no es una crítica al trabajo, sino una invitación a equilibrarlo. A entender que no hacer nada también es hacer algo. Que el tiempo libre no debe ser llenado con tareas, sino con vida.

En una ciudad como Medellín, vibrante y resiliente, donde el hacer ha sido motor de transformación, necesitamos espacios para el ser. Para el silencio. Para el descanso.

Porque al final, no se trata de cuántas metas cumplimos, sino de cuántos momentos realmente vivimos.

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María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

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