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Lo que nos une es más profundo de lo que nos divide

¿Y si el mundo pudiera vivir como lo hicimos en San João o caminar unidos como en Fátima? Quizás no sea tan utópico. Quizás solo haga falta volver a lo esencial: compartir, mirar, escuchar.

03 de julio de 2025
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  • Lo que nos une es más profundo de lo que nos divide

Por Caty Rengifo Botero - JuntasSomosMasMed@gmail.com

En tiempos donde el mundo parece fragmentado por ideologías, diferencias culturales y heridas del pasado, existen momentos luminosos que nos recuerdan que la convivencia es más que posible: es natural cuando dejamos que el corazón nos guíe.

Hace poco viví dos experiencias que me hicieron reflexionar profundamente sobre el poder de estar unidos. En San João, en Porto, la ciudad entera se transforma en una fiesta de luz, música y alegría. Personas de todos los rincones del mundo se reúnen no para competir, ni para imponer sus verdades, sino para celebrar la vida. Vas por la calle dando golpes en la cabeza de quienes te rodean, lo haces con un chipote de plástico -como el del Chapulin Colorado- los golpecitos juguetones en la cabeza, son símbolo de algo más grande: la alegría compartida, la risa sin idioma, el gesto que une sin necesidad de palabras. Me encontré riendo con desconocidos, abrazando a la noche junto a personas con las que nunca había hablado, y, sin embargo, sentí que compartíamos algo íntimo: el deseo de vivir en paz.

Luego, en Fátima, entre velas encendidas y cánticos susurrados, contemplé una procesión multitudinaria. Gente de distintos países caminaba junta, orando en su idioma, en búsqueda de fe, consuelo o quizás simplemente comunión. No importaba la bandera que cada uno llevaba en el corazón. Allí, bajo el mismo cielo, todos éramos uno.

Estos instantes me hacen pensar que la convivencia no se construye desde discursos políticos ni desde imposiciones morales, sino desde la voluntad de mirar al otro con empatía. Dejar atrás las pasiones ciegas, el odio sembrado por generaciones, requiere valentía. Pero también requiere encuentros como estos: donde la esperanza vence al miedo, donde la celebración desarma los prejuicios, donde la espiritualidad se convierte en puente.

¿Y si el mundo pudiera vivir como lo hicimos en San João o caminar unidos como en Fátima? Quizás no sea tan utópico. Quizás solo haga falta volver a lo esencial: compartir, mirar, escuchar. Entender que aunque no pensemos igual, podemos bailar en la misma calle. Aunque nuestras plegarias sean distintas, nuestras lágrimas se parecen.

Porque, al final, lo que nos une es mucho más profundo que lo que nos divide.

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María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

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