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Esto se está saliendo de control

Pues no, yo acepto opiniones, pero no sandeces que quieren pasar por encima de la demostración verídica, eso ya es ceguera. Esta época del ultra respeto nos ha llevado a validar la estupidez como argumento, el trastorno como relación.

23 de abril de 2025
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  • Esto se está saliendo de control

Por Dany Alejandro Hoyos Sucerquia - @AlegandroHoyos

La estupidez humana ha tenido a lo largo de la historia vastas demostraciones. Antes se creía con convicción y seguridad que la mujer venía de la costilla del hombre, que las personas negras no tenían alma, que los reyes eran descendientes directos de Dios y así miles de historias producto de la superstición, que con el tiempo unos se volvieron mitos y otras fábulas de enseñanza moralizantes.

Lo que tienen en común estas creencias es que fueron desestimadas por la ciencia. Es decir, apareció la comprobación y echó por la borda muchas de esas creencias, convirtiéndolas en historias de la cultura popular que ahora su caso de estudio pasó a las humanidades. Se creía que la tierra era plana. En Grecia (siempre Grecia) Pitágoras, Parménides, después Aristóteles y ahí pasaron los años hasta llegar a Galileo que los incrédulos dijeron: bueno, listo, les creímos. Es redonda.

Sin embargo, de unos años para acá hay un grupo de zafios que a pesar de las demostraciones siguen insistiendo que la tierra es plana, de los mismos creadores, de Juan Gabriel está vivo, Pablo Escobar es taxista en Envigado y el reguetón es música. Afirmaciones que se escuchan, pero recibimos con alegría porque sabemos que de alguna forma está charlando. Sin embargo, los terraplanistas están convencidos.

Ahora bien, este tipo de discursos que se hacen pasar por argumentos serios, utilizando una retórica trasnochada, no son peligrosos por la discusión en sí, sino porque supuestamente tenemos que entenderlos y aceptarlos. Pues no, yo acepto opiniones, pero no sandeces que quieren pasar por encima de la demostración verídica, eso ya es ceguera.

Esta época del ultra respeto nos ha llevado a validar la estupidez como argumento, el trastorno como relación. Una mujer en Bogotá dice que está enamorada del Transmilenio, que tiene una réplica pequeña en la casa con la que tiene relaciones. Otro señor en Europa se viste como perro porque dice que es un perro y lo tienen que respetar como tal. Una señora en Estados Unidos demandó al colegio porque no le hicieron un cuadro de arena para que su hija, que se percibe como gato, pudiera hacer sus necesidades en el salón. Esas personas tienen un trastorno. Allá ellos sí, pero dejemos de normalizar que cualquiera que diga o haga una sandez tratarlo como si tuviera la razón.

De ninguna manera estoy alentando el irrespeto por las opiniones y las creencias. Las valoro y reconozco. Pero es un error no llamar las cosas por su nombre, en lugar de esconder traumas en el hilo delgado de la aceptación, puesto que eso hace ver fútil verdaderas discusiones de aceptación y evolución.

Después de esto me dejarán de seguir muchos terraplanistas, gatos, perros, en fin. No me importa. Me gustan las personas que se reconocen como humanos y no la terquedad del fanatismo.

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María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

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