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Hidroituango: símbolo de la seguridad energética de Colombia

04 de noviembre de 2025
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  • Hidroituango: símbolo de la seguridad energética de Colombia
  • Hidroituango: símbolo de la seguridad energética de Colombia

Por Mauricio Restrepo Gutiérrez - opinion@elcolombiano.com.co

Durante más de tres décadas, Colombia logró mantener encendida su red eléctrica sin sobresaltos mayores. Desde la crisis del 92 ese apagón que la memoria bautizó como “la hora Gaviria”, el país aprendió, o creyó haber aprendido, que la energía no se improvisa. El modelo que surgió de aquel episodio separó la técnica del clientelismo, instauró un marco regulatorio moderno y atrajo inversión privada bajo la promesa de reglas estables. Sin embargo, hoy ese pacto silencioso entre la confiabilidad y la credibilidad institucional comienza a erosionarse. La electricidad, que parecía garantizada por diseño, vuelve a estar amenazada por un cúmulo de señales adversas: rezagos en expansión e incertidumbre regulatoria.

La amenaza de un nuevo apagón no es una hipótesis remota. En ese escenario, terminar Hidroituango es una condición necesaria para mantener la estabilidad de la matriz eléctrica, la competitividad industrial y la confianza del país en sí mismo. Además, se trata del único proyecto hidroeléctrico de gran tamaño incluido en el Plan Indicativo de Expansión de la Generación 2023–2037 de la UPME.

Hidroituango, se erige como un activo estratégico para la seguridad energética y la gestión del riesgo de desastres. Ofrece energía firme, es decir, generación continua y confiable, incluso durante fenómenos climáticos como El Niño, cuando disminuyen los niveles de los embalses en otras regiones. Su papel es aún más relevante hoy, cuando varios proyectos planeados para entrar en operación no lo han hecho por falta de estímulos a la inversión, trámites demorados, deficiente planeación y la intermitencia de las energías renovables, que, aunque necesarias, no ofrecen la firmeza que el país requiere.

La energía firme es esencial para mantener la seguridad y la estabilidad del sistema eléctrico. Hidroituango con una capacidad de 2.400 megavatios, se convierte en la principal fuente de generación de energía firme del país. Su magnitud lo posiciona como un pilar estratégico de la matriz energética, al aportar cerca del 17 % de la demanda nacional y garantizar un suministro confiable incluso en épocas de sequía.

Además, reduce la dependencia de los combustibles fósiles y respalda la incorporación de fuentes renovables como la solar y la eólica, al ofrecer energía estable y de base. Así, se consolida como un proyecto esencial para el desarrollo sostenible, la transición energética y el crecimiento económico de Colombia.

El proyecto también impulsa el desarrollo de infraestructura, genera empleo, dinamiza la economía regional y aporta ingresos al Estado mediante regalías y transferencias. Hidroituango ha sobrevivido a crisis, emergencias y litigios, convirtiéndose en una lección institucional y en símbolo de la ingeniería nacional.

Terminarlo no es solo cumplir un cronograma: es sostener una promesa nacional, la de un país capaz de aprender de su historia y confiar en su rigor técnico. Porque la energía, en su sentido más literal y simbólico, es el tejido que mantiene conectada a Colombia. Que la “hora Gaviria” siga siendo una advertencia del pasado, y no una profecía del futuro.

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María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

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