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Consulta por decreto: el atajo del Presidente Petro

06 de junio de 2025
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  • Consulta por decreto: el atajo del Presidente Petro

Por Isabel Gutiérrez R. - JuntasSomosMasMed@gmail.com

A comienzos de junio, Gustavo Petro anunció que convocará por decreto la consulta popular que el Senado había hundido tres semanas antes. Lo hizo entre denuncias de complots, acusaciones de fraude parlamentario y evocaciones de viejas heridas democráticas. Con un solo gesto, el presidente puso en jaque la arquitectura institucional que la Constitución de 1991 diseñó para contener el poder y encauzar los desacuerdos.

El asunto no es menor. Colombia reconoce la consulta popular, pero la ley exige aprobación previa del Congreso; sin ese aval, el decreto presidencial sería una usurpación de competencias e incluso un delito. El vacío institucional golpearía seriamente la confianza inversionista y la reputación internacional del país, enviando la señal de que en Colombia las normas se alteran por decreto cuando el Congreso estorba.

La historia advierte. Chávez recurrió en 2007 a un referendo para reescribir la Constitución; Evo Morales buscó un tercer mandato apoyándose en consultas; Nayib Bukele legitima decisiones con plebiscitos virtuales. La región está llena de ejemplos que empiezan con un aplauso callejero y terminan con jueces amordazados y prensa domesticada. Todos prometieron “más voz del pueblo” y terminaron concentrando poder. Colombia no es inmune. Cuando el Ejecutivo sustituye al contrapeso legislativo con un megáfono de plaza pública, la balanza republicana se inclina peligrosamente.

Más inquietante que la audacia presidencial es el silencio de sectores que siempre han defendido la institucionalidad. La fragmentación opositora y el miedo a la polarización han dejado el debate en manos del ruido digital, donde los matices se pierden.

La sociedad civil no puede delegar su voz. Se necesita un coro amplio y plural que recuerde que las reglas existen para todos, sobre todo para quien ocupa la Casa de Nariño. Empresarios, sindicatos, iglesias, movimientos sociales y academia deben coincidir en lo esencial: sin respeto por el procedimiento, ninguna causa—por noble que sea—merece imponerse. Criticar no equivale a sabotear al gobierno; es parte de la lealtad constitucional que impide que el desacuerdo se degrade en abuso.

No se trata de oponerse a la consulta porque sí, sino de defender el principio elemental de que los fines no legitiman cualquier medio. Si el presidente cree que su propuesta goza de respaldo ciudadano, que vuelva al Congreso, negocie y convenza. Esa es la fatiga y también la belleza de la democracia: obliga a escuchar al otro, no a saltárselo.

La última palabra no está escrita. Dependerá de la Corte, sí, pero sobre todo de la presión cívica. Colombia ha salido de momentos más oscuros cuando la ciudadanía se plantó con firmeza. Hoy la urgencia es idéntica: recordar, alto y claro, que la legitimidad nunca nace de un decreto, sino del respeto riguroso a las instituciones que todos compartimos.

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María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

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