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El abuso del derecho es sangre para los vampiros

26 de diciembre de 2025
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  • El abuso del derecho es sangre para los vampiros
  • El abuso del derecho es sangre para los vampiros

Por Juan Carlos Manrique - jcmanriq@gmail.com

En la conmemoración de los cincuenta años de la restauración de la monarquía parlamentaria en España, Felipe VI recordó que la democracia es una búsqueda leal del bien común. La lealtad como uno de los valores que catalizaron el paso de la dictadura Franco a la democracia.

Este recordatorio es muy relevante porque hoy la democracia se degrada de la forma más cobarde: no con golpes de Estado, sino con abuso del derecho. No se rompe la ley. Se la usa como coartada. Se invocan facultades excepcionales para gobernar lo que debería discutirse. Se ajustan reglas para dificultar la alternancia. Se colonizan controles para que parezcan control sin controlar. Se usa el poder para tener más poder. Todo “legal”, todo destructivo.

Kim Lane Scheppele lo describió con precisión: el “autocratic legalism” no elimina la legalidad, la instrumentaliza. El giro autoritario puede no verse al principio porque llega con decretos, reformas y tecnicismos. El punto no es que desaparezca el Estado de derecho; es que se reprograma para que deje de limitar al poder y empiece a servirle.

David Landau llamó a la misma familia de tácticas “abusive constitutionalism”: usar herramientas constitucionales para vaciar la democracia sin necesidad de tanques. Se mantienen elecciones, pero se desmontan límites. Se conserva la forma, se destruye el contenido. Nacen esas “dictaduras democráticas” donde el poder se legitima por el voto, pero se perpetúa por el atajo.

Aquí está la tesis incómoda: el abuso del derecho es, en realidad, abuso del poder.

Porque el derecho, en democracia, existe para lo contrario: para poner carriles, semáforos y límites. Cuando esas reglas se convierten en palancas para concentrar decisiones, reducir controles o neutralizar contradictores, el sistema conserva apariencia democrática mientras pierde sustancia. Esa es la forma más eficiente de romper una democracia: mantener las formas para que nadie grite “ruptura”, mientras se desmonta el equilibrio que la hacía democrática.

Freedom House, en su informe anual, advierte que la erosión de libertades ocurre dentro de democracias establecidas impulsada por gobernantes electos que socavan medios independientes, autoridades anticorrupción y tribunales. Ahí el “atajo legal” se vuelve virtud y el control institucional, estorbo. Lo formalmente “legal” termina siendo materialmente ilegítimo: el derecho deja de ser límite y se convierte en palanca de dominación. El juramento de respetar y cumplir las respectivas constituciones es atajo necesario para romperlas.

Si una democracia tolera que el derecho se use para escapar de la deliberación, imponer en lugar de acordar y convertir el control en un trámite tardío, ocurre lo de siempre con las degradaciones lentas: cuando la gente se da cuenta, ya es costumbre.

Claro: todo esto es la opinión de quienes creemos en las democracias liberales y en sus límites. Los que no, se frotan las manos: El Estado de derecho se invoca mientras se está en oposición; una vez se gobierna, “estorba”. Por eso el abuso del derecho es sangre para los vampiros. Alguna vez dijo Stalin que la democracia liberal no era un objetivo a perfeccionar, sino un obstáculo de clase a superar para que el poder representara a la clase correcta.

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María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

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