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Primera opción: el Congreso

07 de julio de 2025
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  • Primera opción: el Congreso
  • Primera opción: el Congreso

Por María Bibiana Botero Carrera - @mariabbotero

Hoy es imposible participar en una reunión o conversación sin que surjan comentarios sobre las elecciones y la amplia lista de aspirantes a la Presidencia. Se habla de más de 50 nombres entre precandidatos, candidatos oficiales y quienes aún lo están considerando. Esta diversidad es positiva para la democracia, pero también plantea un riesgo: que los egos y las divisiones internas terminen frustrando una opción real de cambio. Aunque el panorama es aún incierto, hay un tema que merece atención urgente: la conformación del nuevo Congreso.

Recordemos que fueron apenas 52 senadores quienes, por una mayoría de solo dos votos, evitaron que Colombia tomara el riesgoso camino de una Asamblea Nacional Constituyente, impulsada por el petrismo para perpetuar su proyecto político y asegurar un sucesor afín. Gracias a esa votación, el Congreso se convirtió en un freno legítimo a los excesos del Ejecutivo, defendiendo los límites que establece la Constitución y la Ley.

El actual Senado —y algunas bancadas de la Cámara— han cumplido un rol esencial en la defensa de la democracia, siendo un verdadero contrapreso de los intentos del Ejecutivo por ir más allá de las facultades que le han sido otorgadas. Sin embargo, preocupa la posibilidad de que varias de sus figuras más destacadas no estén en el próximo tarjetón: Humberto de la Calle, David Luna, Miguel Uribe, Paloma Valencia, María Fernanda Cabal, Paola Holguín, Mauricio Gómez, Angélica Lozano, entre otros. Antes de concentrarnos en una segunda vuelta presidencial, deberíamos preguntarnos: ¿seremos capaces de elegir un Congreso que defienda los intereses del país?

Es momento de ser prácticos. Dentro de esa larga lista de aspirantes hay nombres con amplia experiencia, conocimiento del Estado, trayectoria limpia y verdadera vocación de servicio público. Proponer no es imponer y lo que no se intenta, no se alcanza. ¿Por qué no soñar con una bancada independiente y de lujo, que recoja la diversidad regional del país y responda únicamente a los ciudadanos?

Imaginemos un Congreso con figuras como Alejandro Gaviria, José Manuel Restrepo, Jaime Pumarejo, María Claudia Lacouture, Juan Daniel Oviedo, Juan Guillermo Zuluaga, Maurice Armitage... una lista conformada no desde el cálculo político, sino desde la convicción de que el Congreso puede y debe ser el espacio para construir consensos y liderar transformaciones profundas.

El contexto actual —marcado por la violencia, la polarización y los escándalos de corrupción -, aunado a una sensación de frustración y desesperanza, nos exige hacer un alto en el camino. Estamos sobrediagnosticados. Es hora de actuar. Invito a los precandidatos a reflexionar: el Congreso no debe verse como un premio de consolación, sino como una oportunidad de servir y aportar soluciones reales a los graves problemas del país.

Una bancada con liderazgo político y regional puede convertirse en un actor determinante en la contienda electoral, especialmente de cara a una segunda vuelta. El debate está abierto. Aún hay tiempo, pero no mucho. Si los candidatos y sectores de la sociedad se unen, esta visión puede hacerse realidad. La causa que nos debe unir es clara: Colombia.

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María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

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