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El país que soñamos, necesitamos generar confianza

El sueño de un país más justo, más digno y más humano pasa por abrigar la confianza. Si logramos hacerlo, podremos meterle toda la energía a transformar la indignación y la rabia en inspiración colectiva y esperanza activa para salir adelante.

07 de septiembre de 2025
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  • El país que soñamos, necesitamos generar confianza

Por Juan Manuel del Corral - opinion@elcolombiano.com.co

Colombia vive un momento de enorme fragilidad. La violencia no cede; por el contrario, se incrementa cada día; la incertidumbre económica preocupa, aunque los indicadores macroeconómicos sean positivos, sabemos que tenemos problemas estructurales; la radicalización política nos desconcierta y divide, erosionando el ánimo colectivo. Sin embargo, más allá de los síntomas, el verdadero problema que tenemos, es la falta de confianza.

La confianza, todos sabemos, es el capital más valioso que poseemos las personas, es nuestro aglutinante, es la base de la economía próspera, de la política bien entendida y de la sana convivencia social. Solo la confianza hace posible el progreso.

Sin confianza los ciudadanos perdemos seguridad impactando nuestras instituciones, que en última instancia, son nuestra gran fortaleza como país. No hay plan ni gestión de política pública que funcione. Sin confianza, surge también la indiferencia o lo que es peor, nos invade la angustia y la rabia de no poder actuar. Sin confianza, podemos incluso perder el rumbo del país, lo cual sería fatal.

Es necesario alcanzar la unidad de Colombia y esta se logrará con un acto más profundo, de volver a confiar los unos en los otros y ese proceso empieza siempre desde el liderazgo, cuando un dirigente, una empresaria, un académico, una madre de familia, un maestro, una líder comunitaria actúa con coherencia, su ejemplo multiplica confianza y rompe barreras.

Un buen líder no impone; convoca y escucha. Su ética genera credibilidad. El verdadero líder no se destaca por sus discursos, sino por su transparencia y su capacidad de inspirar a otros. Colombia necesita líderes íntegros, carismáticos y coherentes que inspiren y generen confianza.

Hoy el verdadero desafío es convertir la confianza en un bien común que convoque, se expanda y se contagie entre los ciudadanos, las instituciones y la comunidad internacional.

El sueño de un país más justo, más digno y más humano pasa por abrigar la confianza. Si logramos hacerlo, podremos meterle toda la energía a transformar la indignación y la rabia en inspiración colectiva y esperanza activa para salir adelante.

El país que soñamos no es un eslogan. Es una conversación, una tarea inmensa que será posible, si nos unimos y recuperamos la confianza como nuestro bien más valioso.

¡Necesitamos confianza para construir unidos el país que soñamos!

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María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

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