Pico y Placa Medellín

viernes

3 y 4 

3 y 4

Pico y Placa Medellín

jueves

0 y 2 

0 y 2

Pico y Placa Medellín

miercoles

1 y 8 

1 y 8

Pico y Placa Medellín

martes

5 y 7  

5 y 7

Pico y Placa Medellín

domingo

no

no

Pico y Placa Medellín

sabado

no

no

Pico y Placa Medellín

lunes

6 y 9  

6 y 9

Suscríbete Suscríbete

“El país que soñamos”: Un propósito posible de construir

Soñar con un país donde un hospital rural tenga los mismos estándares de una clínica privada; donde la infraestructura llegue a regiones que han estado en la sombra.

10 de agosto de 2025
bookmark
  • “El país que soñamos”: Un propósito posible de construir

Por Juan Manuel del Corral - opinion@elcolombiano.com.co

Hace unos días compartí en estas páginas una visión del país que soñamos y esto me ha permitido conversar con muchas personas, que de manera espontánea me expresaron opiniones; unas piensan que es posible si nos unimos, otras que sería muy esperanzador, otras que estarían dispuestas a intentarlo, pero hubo otras que dijeron de forma sincera que era una utopía.

En el fondo, todas tienen razón, de ahí que la mejor forma de probarlo es intentarlo, haciendo el esfuerzo colectivo, entendiendo que no es tarea fácil ni simple, porque no se trata de una fórmula que pueda aplicarse. Es una expresión sincera y auténtica. Una declaración de valores y principios de sana convivencia. Un anhelo colectivo de creer en Colombia desde lo esencial: la palabra, la integridad, la educación, la equidad, la confianza.

Quiero invitarlos a imaginar, con argumentos, cómo sería ese país, si cada uno de esos principios se volviera realidad, porque soñar es una forma de planear y cuando compartimos un propósito somos capaces de alcanzar lo imposible; escribo como ciudadano y empresario y no como aspirante a ningún cargo público. Partimos de cinco ideas claves:

La educación, motor de equidad, inclusión y oportunidades. Solo con educación de calidad, desde la primera infancia hasta la universidad, romperemos los círculos de pobreza que se heredan por generaciones. La educación no solo es conocimiento: es movilidad social, autonomía, libertad de pensamiento crítico.

Donde la integridad no sea una excepción. La integridad, cuando es colectiva, tiene un poder transformador, porque crea confianza, reduce costos, multiplica alianzas y libera energías productivas, hoy atrapadas en la desconfianza y lamentablemente nos lleva por el camino de la corrupción, otro capítulo doloroso, creciente e inaceptable, que se lleva buena parte de los recursos públicos y genera crisis de confianza en algunas instituciones.

Lo público al servicio de quienes más lo necesitan. Lo público debe ser sinónimo de dignidad, no de abandono. Soñar con un país donde un hospital rural tenga los mismos estándares de una clínica privada; donde la infraestructura llegue a regiones que han estado en la sombra; donde el Estado mire primero a los vulnerables y no solo a influyentes y poderosos. Es la base de una verdadera democracia.

El trabajo honrado es digno y debe tener reconocimiento. Hay que respetar y apoyar al agricultor, al médico, al maestro, a la ama de casa, al reciclador, al emprendedor, al conductor, representan un valor social. Recuperar la dignidad del trabajo es clave para reconstruir el tejido productivo, devolver sentido a la economía y ofrecer un camino distinto a la violencia o a la ilegalidad.

Conversar y disentir sin destruirnos. El desacuerdo no debe ser motivo de odio, burla, ni desprecio, ni de darnos la espalda. En el país que soñamos, la diferencia es fuente de riqueza, no de conflicto. Y la política no es campo de batalla, sino el deseo por encontrar soluciones compartidas.

Este país que soñamos, aunque hoy parece utópico, no lo es. Todo empieza por reconocer que el cambio no depende de un solo líder, ni de una ley, ni de una elección. Depende de cada uno, de lo que hacemos, de cómo lo hacemos, de lo que decimos, exigimos y toleramos.

Tengo la convicción de que este sueño puede hacerse realidad; pero no será obra de un decreto, ni de “likes” o “caritas felices”, sino el fruto de la participación de todos. Otros países lo han hecho. Corea del Sur pasó, en una generación, de la pobreza extrema a ser potencia tecnológica y educativa. Singapur, sin recursos naturales, apostó por la transparencia, el talento y la eficiencia, y hoy es ejemplo mundial. Chile, Irlanda, Estonia. Todos cambiaron su destino cuando apostaron por la educación, la institucionalidad y el bien común.

La desigualdad y falta de oportunidades para muchos compatriotas hoy en Colombia es enorme, pero es nuestra oportunidad si trabajamos unidos con la convicción de que lo vamos a lograr.

“Un país donde nadie tenga que rogar por dignidad”. Un país posible. Yo también, como ustedes, sueño con ese país.

Sigue leyendo

María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

LEER Crítica arrow_right_alt

Regístrate al newsletter

PROCESANDO TU SOLICITUD