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Compitiendo por la limosna

Este cambio, en un ambiente de cooperación competida, ya se empieza a reflejar en los montos futuros de la ayuda de EE.UU.: bajó diez por ciento en la aprobación del Congreso y se mantuvo a la baja en el presupuesto del año entrante.

31 de marzo de 2024
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  • Compitiendo por la limosna

Por Luis Carlos Villegas - opinion@elcolombiano.com.com

La cooperación internacional después de la II Guerra Mundial ha sido fuente de financiación para muchos gobiernos y herramienta manipuladora para muchos donantes. Y, desafortunadamente, botín burocrático para ONG, instituciones multilaterales y contratistas: el sueño dorado de cualquier funcionario del norte desarrollado, es devengar en Nueva York, gastar en Puerto Príncipe y ser atendido, por el anfitrión, como si fuera el Nuncio Apostólico en Malta.

También ha servido para enfrentar problemas comunes entre países, como es el caso del terrorismo, el crimen organizado, la migración, el medio ambiente y las drogas ilícitas. A nadie le cabe duda, por ejemplo, del beneficio que al profesionalismo y eficacia de nuestra fuerza pública trajo la cooperación de los EE.UU., Reino Unido, Israel y OTAN. Llegamos a tener una de las cuatro mejores fuerzas especiales del mundo; alcanzamos niveles de inteligencia de clase mundial; logramos sincronizar inteligencia y operaciones con precisión; tuvimos acceso a tecnología de punta; llegamos a ser exportadores de seguridad a la región y coordinadores de operaciones aéreas y marítimas contra el narcotráfico, la trata de personas, la migración masiva ilegal y el comercio de biodiversidad.

En erradicación de cultivos ilícitos, después del bache vergonzoso de 2013 a 2015, retomamos el ritmo con más de 52.000 hectáreas destruidas en 2017, 60.000 en 2018 y más de 100.000 cada año en 2020 y en 2021 gracias a un acuerdo con EE.UU., incumplido por las administraciones Duque y Petro. Vino otra la parálisis en 2022, 2023 y en lo que va de este año, a pesar de que la cooperación para el programa sigue siendo más o menos la misma en dinero.

La pregunta sobre el Plan Colombia y las iniciativas posteriores en materia de cooperación de los Estados Unidos no es si lograron acabar con el tráfico y producción de drogas ilegales sino cuánto deterioro de nuestra seguridad y de nuestras instituciones impidieron. Para mí es claro que sin esa cooperación en verdad ya seríamos un estado fallido, en manos de cuatro carteles nacionales y dos internacionales, cundidos de bandas delincuenciales tipo Haití. En EE.UU., las muertes por adicción y los homicidios hubieran sido notoriamente mayores.

Por esa cooperación de los EE.UU., Colombia compite duramente en estos tiempos con la ayuda a Ucrania e Israel, de decenas de miles de millones de dólares; a Taiwán y Filipinas; al África en conflicto, como Eritrea o Sudán; a la tan exigida OTAN; a México, Haití y Centroamérica por los cientos de miles de migrantes y la droga.

El fentanilo ha desplazado a la cocaína en cuanto a producción, tráfico, consumo y afectaciones de salud, pues es la principal fuente de muertes por sobredosis. La prioridad en su persecución se ha movido en la misma dirección: ya no se habla de crisis de la cocaína, sino por ejemplo de la oxicodona y de mezclas con otras drogas para hacer cocteles letales y baratos. Este cambio, en un ambiente de cooperación competida, ya se empieza a reflejar en los montos futuros de la ayuda de EE.UU.: bajó diez por ciento en la aprobación del congreso en Washington y se mantuvo a la baja en el presupuesto del año entrante. El énfasis de EE.UU. será ahora sobre opioides y migrantes y Petro no parece enterarse. La ayuda la salvó el embajador Murillo con su exitosa diplomacia de minorías. Hay nueva luz en San Carlos. Pero no aparecen esos dos nuevos rubros en la cooperación.

La disminución tendrá serias consecuencias para nuestras FF.AA. en equipos, movilidad, erradicación, inteligencia y entrenamiento, que a su vez se reflejará en deterioro de la seguridad de los ciudadanos y en erosión de la confianza internacional en Colombia ya insinuada en EE.UU. con las condiciones impuestas por la reciente ley de ayuda.

El fallido canciller Leyva la tildaba de “limosna”. Olvidó que los óbolos deben cuidarse cuando uno depende gravemente de ellos y los mendicantes son muchos.

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María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

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