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¿Qué es mejor: un sistema de seguros o de hospitales?

Los seguros de salud tienden a proteger financieramente y diversificar opciones de atención, pero pueden excluir a quien está más enfermo o no paga.

22 de agosto de 2025
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  • ¿Qué es mejor: un sistema de seguros o de hospitales?

Por Luis Gonzalo Morales Sánchez - opinion@elcolombiano.com.co

El actual gobierno pretende implantar en Colombia un sistema de salud basado en hospitales públicos sin aseguradores a quienes descalifica, llamándolos “intermediarios financieros innecesarios”. No obstante, los esquemas de hospitales han ido desapareciendo en el mundo por ser presas fáciles del clientelismo y la corrupción, además de su enfoque en curar más que prevenir lo que los hace insostenibles.

En el modelo de hospitales, estos son financiados por el Estado generalmente en función de sus costos y no en la cantidad y calidad de servicios ofrecidos. Cuando son privados, costean su operación mediante pagos de las personas o de contratos con el Estado. Al no existir un asegurador, el acceso queda supeditado a la oferta pública disponible, gratuita o subsidiada, o al pago total o parcial al momento de recibir la atención.

Como ventajas del esquema hospitalario estatal, está el que todos los ciudadanos pueden acceder sin importar sus ingresos ni condición laboral; tienen menos trámites al no ser necesarias las autorizaciones; hay un mayor control estatal quien puede planificar y estandarizar su cobertura; y es más solidario dado que los impuestos de todos financian el servicio de quienes lo necesitan.

Como desventajas están la sobrecarga de los hospitales públicos reflejada en largas listas de espera y falta de recursos; ofrecen una calidad desigual con servicios ausentes o escasos como los medicamentos; el gasto de bolsillo es alto por las carencias de servicios que deben suplir las personas por su cuenta, que inclusive llevan a que los más pobres no consigan servicios esenciales; y suelen tener una alta ineficiencia administrativa siendo más propensos a la corrupción, burocratización, deficiente mantenimiento y baja innovación tecnológica.

En los sistemas de seguros el acceso a los servicios depende del asegurador, sea público, como la Seguridad Social o privado pagado por el usuario o su empleador. Se financian mediante el pago de primas, cotizaciones o impuestos que cubren total o parcialmente los gastos cuando la persona necesita atención.

Como ventajas están el ofrecer un acceso más amplio en hospitales públicos y privados; el incluir acciones de prevención como chequeos periódicos y seguimiento médico; garantizan protección financiera al reducir el riesgo de que una enfermedad genere gastos catastróficos; y pueden ofrecer una mejor calidad de servicio al contar con más opciones reduciendo tiempos de espera.

Entre sus desventajas están que pueden excluir a quienes no pagan o tienen enfermedades previas; pueden tener mayores trámites como autorizaciones que retrasen la atención; y pueden generar una mayor inequidad por sus altos costos, al igual que la calidad del servicio puede variar según el plan o capacidad de pago.

En Colombia, en las zonas urbanas han funcionado mejor los esquemas de competencia de seguros regulados. En las zonas rurales, lo han hecho mejor los hospitales públicos complementados con prestadores privados. Todo depende de los contextos, por lo que no se trata de ideologizar la discusión satanizando lo uno o deificando lo otro, esto solo le hace daño al servicio y a la población más vulnerable.

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María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

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