Pico y Placa Medellín

viernes

3 y 4 

3 y 4

Pico y Placa Medellín

jueves

0 y 2 

0 y 2

Pico y Placa Medellín

miercoles

1 y 8 

1 y 8

Pico y Placa Medellín

martes

5 y 7  

5 y 7

Pico y Placa Medellín

domingo

no

no

Pico y Placa Medellín

sabado

no

no

Pico y Placa Medellín

lunes

6 y 9  

6 y 9

Suscríbete Suscríbete

El rol político del
sector privado

15 de septiembre de 2025
bookmark
  • El rol político delsector privado

Por María Bibiana Botero Carrera - @mariabbotero

En Colombia, y buena parte de América Latina, el sector privado ha preferido históricamente mantenerse al margen de la política. “No nos metemos en eso”, “la política es demasiado sucia”. La neutralidad, bien sea por temor o por desconocimiento, no es hoy posible. Si no nos metemos en política, la política se mete con nosotros.

Decisiones legislativas y judiciales definen desde la carga tributaria hasta el acceso a financiamiento, la regulación laboral, la educación de nuestros hijos, los medicamentos de nuestros padres, la energía que usamos o el alcance de la inteligencia artificial. Guardar silencio equivale a aceptar que otros — muchas veces con menos conocimiento, pero con más audacia y populismo— definan las reglas del juego.

La región ofrece ejemplos claros. En Argentina, la falta de una voz empresarial articulada permitió que narrativas extremas dominaran el debate económico, con resultados de volatilidad y retroceso. La timidez del sector privado en Chile, dejó un vacío que fue ocupado por propuestas inviables. Y en México, ante la captura de las instituciones por el oficialismo, la voz de la sociedad civil se escucha débil y fragmentada. Colombia no puede recorrer ese mismo camino.

El sector privado tiene ventajas únicas: conocimiento especializado, experiencia en ejecución, capacidad de innovar y pensamiento de largo plazo. En contraste con la política atrapada en ciclos de cuatro años, los empresarios saben que el verdadero valor se construye en décadas. Esa visión puede darle al país un horizonte más allá de la inmediatez y la polarización.

Como ciudadano corporativo, con derechos y deberes en la vida democrática, debe participar en las discusiones públicas, apoyar liderazgos que defiendan la institucionalidad y respaldar las reglas que garantizan estabilidad y confianza. No basta con crear empleo y pagar impuestos.

Involucrarse no significa ser activista partidista ni financiar campañas a escondidas. Significa elevar el nivel del debate con argumentos, defender la independencia de poderes, exigir transparencia y proponer reformas serias y sostenibles. Democracia y economía son vasos comunicantes: no habrá prosperidad empresarial sin instituciones sólidas, ni instituciones sólidas sin un sector privado corresponsable.

No participar tiene un costo. En sociedades polarizadas, la ausencia de voces cívicas deja el campo libre a discursos radicales que prometen soluciones fáciles, pero generan retrocesos profundos. El silencio no es prudencia: es complicidad pasiva con la degradación institucional. Y esa degradación termina golpeando con fuerza a quienes necesitan estabilidad para invertir, innovar y generar empleo.

Colombia atraviesa un momento decisivo. La discusión sobre las reformas sociales, el papel de la justicia y el equilibrio de poderes no es ajena al mundo empresarial, es la cancha donde se juega el desarrollo del país.

En tiempos de incertidumbre, el silencio no protege, entrega. La invitación es clara: participar con decisión, apoyar liderazgos democráticos y defender las instituciones.

Juntos, ciudadanos, microempresarios, grandes compañías, academia, tenemos el deber de defender la democracia con coraje. El futuro se juega ahora y depende de lo que hagamos, o dejemos de hacer, como sociedad. Colombia no puede darse el lujo de que la indiferencia de sus mejores talentos sea el combustible de su propia fragilidad democrática.

Sigue leyendo

María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

LEER Crítica arrow_right_alt

Regístrate al newsletter

PROCESANDO TU SOLICITUD