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Con la CIA no se juega

18 de octubre de 2025
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  • Con la CIA no se juega

Por María Clara Posada Caicedo - @MaclaPosada

El 15 de octubre de 2025, el presidente Donald Trump autorizó operaciones encubiertas de la CIA en Venezuela. La decisión trasciende la retórica y apunta a desmantelar el régimen de Nicolás Maduro, acusado de narcotráfico y violaciones sistemáticas de DD. HH. Esta medida, respaldada por acciones navales que ya destruyeron cinco lanchas narco y dejaron 27 muertos, no es un gesto simbólico: Es un compromiso de acción directa con implicaciones profundas en el derecho internacional, la estabilidad regional y el precedente histórico y es, en este caso, un ejercicio de defensa democrática frente a una dictadura que fusiona autoritarismo con crimen organizado.

Las operaciones encubiertas son acciones clandestinas, ocultas por el gobierno ejecutor, diseñadas para alterar dinámicas políticas o estratégicas sin intervención militar abierta. En el contexto venezolano, esto implica ciberataques contra infraestructuras críticas, financiamiento a grupos opositores, sabotaje de redes logísticas del narcotráfico, inteligencia a todos los niveles o, incluso, neutralización de figuras clave del régimen.

La CIA, bajo la Orden Ejecutiva 12333, opera con supervisión congresional, pero su historial —desde la captura de capos mexicanos como los hijos de El Chapo, hasta operaciones más enigmáticas— sugiere eficacia y sigilo, aunque a menudo con costos humanos y políticos elevados.

En 1953, la Operación Ajax derrocó al primer ministro iraní Mossadegh, reinstalando al Shah para proteger intereses petroleros. En 1954, la Operación PB Success destituyó a Árbenz en Guatemala, priorizando intereses de libertad capitalista sobre la soberanía local. En los años 80, la CIA apoyó a los Contras nicaragüenses, tolerando el narcotráfico, para financiar una guerra anticomunista. Y así, decenas de casos donde el fin que persigue el Estado Norteamericano, justifica los costos y los medios.

Todos esos episodios muestran un patrón: resultados rápidos, asumiendo costos que, muchas veces, impactan de forma negativa la estabilidad o la confianza regional; apuntándole a que, en el largo plazo, terminen siendo solución contundente a las amenazas al orden liberal.

En Venezuela, el objetivo es claro: desarticular un régimen dictatorial narco que envenena a EE. UU. y desplaza a millones de migrantes, desestabilizando el continente. Maduro, con una recompensa de 50 millones de dólares por su cabeza, lidera una dictadura que EE. UU. considera una amenaza transnacional que, según las últimas acciones del gobierno Trump, está determinado a combatir.

Sin embargo, el derecho internacional plantea dilemas. El régimen en Venezuela, como medida desesperada, denuncia que estas acciones son agresiones, apelando a la Carta de la ONU (Artículo 2.4) que prohíbe intervenir en la soberanía de otro Estado, salvo en autodefensa (Artículo 51). No obstante, la doctrina de la Responsabilidad de Proteger (R2P) y el TIAR justifican acciones contra regímenes que cometen atrocidades o amenazan la seguridad regional. El chavismo, con elecciones fraudulentas, torturas y un narcoestado documentado, encaja en este criterio.

La decisión de EE. UU. no busca enviar mensajes. Es un acto deliberado de seguridad nacional. De cualquier modo, el riesgo es innegable. Una escalada con Rusia o China, aliados de Maduro, podría transformar la región en un polvorín. Sin embargo, la inacción sostenida perpetúa un régimen que asfixia a su pueblo y exporta caos.

La autorización de Trump no es un juego de poder. Es una apuesta calculada para extirpar una amenaza hemisférica. La historia juzgará si, efectivamente, fue el paso necesario para la libertad del pueblo venezolano y el orden del continente.

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María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

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