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EPM: 70 Años de Bienestar y Progreso

La responsabilidad social empresarial ha sido una de las banderas más representativas de EPM, enfocada en reducir las desigualdades sociales y económicas de Medellín y Antioquia.

30 de julio de 2025
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  • EPM: 70 Años de Bienestar y Progreso

Por Mauricio Restrepo Gutiérrez - opinion@elcolombiano.com.co

Hoy celebramos con profunda alegría los primeros 70 años de una cultura empresarial ejemplar construida sobre pilares de rigor técnico, jurídico, ambiental, social, financiero y administrativo. A diferencia de muchas empresas de servicios públicos en Colombia, los antioqueños comprendemos ese ADN que ha otorgado a EPM ventajas comparativas y competitivas, las cuales se reflejan día a día en sus mayores logros: su credibilidad institucional, solidez financiera y la confianza que inspira en el entorno empresarial.

El 22 de julio asistí al Teatro Metropolitano para la conmemoración de esas siete décadas. Lo que prevaleció no fue la lista de asistentes, sino la atmósfera de pertenencia: el reconocimiento unánime de que esta empresa pública ha sido una herramienta eficiente y concreta para transformar nuestro territorio.

No celebrábamos un número redondo, sino una forma de hacer las cosas. EPM, con todos sus aciertos y también sus dificultades, ha sostenido una cultura organizacional que no ha perdido el eje: lo público como prioridad. El grupo EPM siempre entendió que no basta con las buenas intenciones, hay que tener método. Los sistemas de planeación, control y administración que se afianzaron desde 1955 fueron claves para garantizar que la excelencia en la gestión empresarial planificada no fuera enemiga del sentido público, sino su aliada. Esto, a mi juicio, es carácter.

Además, EPM ha seguido una senda de crecimiento rigurosa y transparente, enfocada a los usuarios con la aplicación de tarifas accesibles y socialmente responsables. Las utilidades generadas han sido reinvertidas para mejorar la calidad de vida de los ciudadanos, fortalecer la legitimidad institucional, promover el desarrollo sostenible y mantener, como parte de su cultura organizacional, principios de solidaridad, accesibilidad, transparencia y servicio a la comunidad.

La responsabilidad social empresarial ha sido una de las banderas más representativas de EPM, enfocada en reducir las desigualdades sociales y económicas de Medellín y Antioquia. Esto incluye atender con sensibilidad el preocupante crecimiento del segmento de ciudadanos desconectados de servicios esenciales como el agua y la energía.

Las decisiones que se tomen hoy definirán el futuro de la empresa durante las próximas décadas. La sostenibilidad financiera, la calidad del servicio y la confianza ciudadana son fruto de una gestión constante y responsable. EPM es una herramienta de equidad y un patrimonio que pertenece a todos los antioqueños. Defenderla implica proteger una visión concreta de ciudad y país.

Renovamos aquí el compromiso con ese legado. El prestigio institucional se construye día a día, con cada decisión, contrato y cuenta rendida con transparencia. EPM conserva su esencia de ser una empresa cien por ciento pública, con un modelo de gobierno corporativo que ha resistido los embates políticos.

La celebración de los 70 años de EPM representa un reconocimiento tangible, paradigmático: lo público puede funcionar con eficiencia, seriedad y convertirse en un motor de desarrollo real. En juego está mucho más que una empresa; está la confianza que nos permite creer en la posibilidad de que lo público se haga bien, siempre. FELICITACIONES GRUPO EPM.

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María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

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