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La mezquindad centralista contra Antioquia

El país no se sostiene sobre discursos ni sobre promesas que nunca llegan, sino sobre un acuerdo básico: que lo que se aporta retorne en obras y servicios reales.

11 de septiembre de 2025
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  • La mezquindad centralista contra Antioquia

Por Mauricio Restrepo Gutiérrez - opinion@elcolombiano.com.co

No es exagerado decir que lo ocurrido con el hundimiento del proyecto de referendo de autonomía fiscal es un acto de mezquindad política. La palabra ha sido, de hecho, la más repetida en la discusión pública, y con razón: Antioquia ha sido, a lo largo de décadas, una región cumplidora con la Nación; tributa puntualmente, aporta con creces a las finanzas centrales y, sin embargo, recibe a cambio indiferencia, retrasos o negaciones abiertas. Lo que se hundió en el Congreso no fue un trámite jurídico, sino la posibilidad de que las regiones reclamaran un trato justo frente a un centralismo que, desde Bogotá, se alimenta de los impuestos de todos sin responder de manera equitativa.

Los ejemplos abundan. El Túnel del Toyo perdió el respaldo financiero del Gobierno Nacional. Las vías de cuarta generación, que suman centenares de kilómetros, quedaron sin recursos garantizados. En materia de salud, Antioquia recibió en 2024 una décima parte de lo que solicitó para sostener su red hospitalaria. En educación, cientos de escuelas rurales siguen con obras inconclusas porque los giros llegan tarde o no llegan. El contraste es claro: Antioquia sostiene su obligación fiscal, pero el Estado central la trata como un contribuyente de tercera categoría.

Frente a este panorama, el gobernador Andrés Julián Rendón puso sobre la mesa un mecanismo que no respondía a la improvisación ni a la retórica fácil. La apuesta era discutir un modelo de autonomía fiscal que permitiera a las regiones gestionar lo que producen, reduciendo la distancia entre la recaudación y el beneficio real para la comunidad. El federalismo no es un capricho ni un salto al vacío, sino un antídoto frente a la corrupción, el clientelismo y la politiquería que nace de la intermediación y las maniobras de la burocracia del Gobierno Nacional.

No es una derrota personal de Rendón, aunque sus opositores quieran reducirlo a eso. Lo que quedó en evidencia es un modelo de concentración que drena a las regiones que más producen y les devuelve muy poco, obligándolas a financiar su propio rezago. Antioquia no está reclamando un privilegio, sino la posibilidad de decidir sobre lo que genera y de evitar que su esfuerzo termine diluido en ministerios y entidades burocráticas que nunca rinden cuentas.

La mezquindad del centralismo logró archivar un proyecto, pero no podrá borrar la inconformidad que lo originó. La ciudadanía no quiere seguir en silencio mientras sus obras se financian a medias, sus carreteras se frenan, sus hospitales reducen servicios y sus escuelas rurales esperan indefinidamente algún mantenimiento. Antioquia seguirá pagando impuestos, pero no puede aceptar que ese cumplimiento sea la coartada para mantenerla en el abandono. El país no se sostiene sobre discursos ni sobre promesas que nunca llegan, sino sobre un acuerdo básico: que lo que se aporta retorne en obras y servicios reales. Si eso no ocurre, el mensaje que se envía a las regiones es que lo único seguro es la creciente carga tributaria de los colombianos.

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María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

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