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Qué pretende Petro con el sector eléctrico

07 de octubre de 2025
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  • Qué pretende Petro con el sector eléctrico

Por Mauricio Restrepo Gutiérrez - opinion@elcolombiano.com.co

Lo que el presidente Petro presenta como una política de supervisión técnica es, en realidad, una estrategia de poder. Bajo la consigna de “democratizar la energía”, intenta someter a control político uno de los sectores más sólidos del país. El sistema eléctrico colombiano, soportado sobre bases técnicas y jurídicas, ha garantizado tres décadas de estabilidad, inversión y crecimiento. Ese conglomerado de empresas, que ha resistido gobiernos de todos los signos, es hoy el blanco del actual mandatario.

Petro ha hecho del sector eléctrico su enemigo predilecto. Acusa a las generadoras de especular con los precios, de conformar “un oligopolio de seis empresas que tienen del cuello al país” y de sostener un modelo “ilegal” que, según él, esquilma a los consumidores. Su discurso convierte a los gremios en villanos y al mercado en una caricatura del abuso. Pero no hay una sola prueba de que los precios respondan a maniobras especulativas. El mercado eléctrico colombiano está regido por reglas públicas: la CREG regula, la Superintendencia de Servicios Públicos vigila y XM monitorea en tiempo real el flujo y el costo de la energía. Pocas industrias están sometidas a una supervisión tan estricta.

La más reciente embestida del presidente fue ordenar una “vigilancia especial” sobre todas las generadoras. El problema está en la intención de someter un sistema que hasta ahora ha funcionado con independencia. Petro busca debilitar el marco técnico que limita su margen de maniobra. Acusó a la CREG de favorecer a generadoras “ineficientes” y amenazó con intervenir XM si no adopta su nueva fórmula tarifaria.

Y esa inestabilidad tiene consecuencias. Entre 2021 y 2025, la incorporación de nueva capacidad de generación para atender la demanda ha sido mínima. Más de la mitad de los proyectos de transmisión están atrasados, y el país necesitaría cerca de 40 billones de pesos en inversión para evitar una crisis de abastecimiento. Cuando la sospecha reemplaza a las reglas, los inversionistas se retiran. Y sin confianza, la energía se apaga primero en los balances financieros y luego en la red eléctrica.

El modelo colombiano ha sido exitoso, porque desde el apagón del 92 separó el clientelismo y la corrupción de la operación. Ese equilibrio hoy se erosiona. Frente a las acusaciones, la respuesta es sencilla. El precio de la energía se fija en subastas públicas y contratos transparentes. Si los costos aumentan, las causas están a la vista: retraso de proyectos, licencias lentas, redes insuficientes. No hace falta inventar culpables.

Ese aprendizaje, que costó oscuridad y desconfianza, parece borrarse. Se gobierna con sospecha, se regula por redes sociales y se castiga la eficiencia como si fuera un delito. La energía es un bien público, pero su administración requiere rigor. Gobernar contra la técnica es gobernar contra la luz. Petro no enfrenta a un grupo de empresarios: pone en entredicho el orden que mantiene encendido al país. Cuando la política sustituye al cálculo y el decreto al dato, la oscuridad no tarda en llegar.

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María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

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