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Historias de locos bajitos (65)

El cura me preguntó la edad y le contesté que 12 años.Me tranquilizó y me aseguró que sentir lo que yo le contaba no era pecado y que nunca me volviera a confesar por eso. Desde entonces nunca volví a confesarme.

25 de septiembre de 2025
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  • Historias de locos bajitos (65)

Por Óscar Domínguez Giraldo - oscardominguezg@outlook.com

Lo saben hasta el papa de Roma y el tendero de la esquina: los niños siempre tienen la razón de la sinrazón. Por eso les cedo los trastos para que ejerzan la irreverencia, la ironía, el humor, la poesía:

La primera película que vi fue de vaqueros. Me enamoré del pistolero protagonista y me imaginaba los abrazos y besos que me daría. Muy preocupada fui adonde el párroco a confesarme de mis malos pensamientos. El cura me preguntó la edad y le contesté que 12 años.

Me tranquilizó y me aseguró que sentir lo que yo le contaba no era pecado y que nunca me volviera a confesar por eso. Desde entonces nunca volví a confesarme. (Historia contada por la poeta María Elena Quintero, viuda del maestro Rodrigo Arenas Betancourt, a quien esta noche el Ballet Folklórico de Antioquia honrará en el teatro Pablo Tobón Uribe con la obra “Arenas” del director venezolano Yanis Pikieris, quien hace 15 años visitó el taller del maestro en La Tablaza. Allí se le prendió bombillo. Cuando María Elena se enteró por las redes de que su rasputinesco marido se volvería ballet compró boletas para ella y sus dos hijos).

Petición de Amelia, de 3 años, a su abuela cuando van a misa: “Malala, cuando hagan la fila para el dulcecito -la Comunión- me llevas.”

El silencio es lo que queda en el bosque cuando el pájaro se calla (Respuesta de un niño al profesor que le pidió definir el silencio).

De regreso a casa, Mariana le comenta a su mami que se divirtió en la guardería y que había jugado con “Nosequién”. Averiguando constató que se refería a Ezequiel.

Lucas acompaña a sus padres a todas partes. En un viaje a Grecia y Turquía, al cuarto día tiró la toalla: “No quiero seguir viendo cosas viejas y feas”.

Pregunta Manuela: Mami, ¿por dentro del ombligo que queda? Una noche mi nieta me preguntó: “Abu, y dónde está el día?”. Y luego me hizo otra pregunta corchadora: “¿Para dónde se va el día cuando se va?”. Otro pequeñín dio esta certera definición: La noche es todo lo que no cabe en el día.

De niña, María Isabel se comía la punta de los libros. Decía que era su forma de leerlos. Su abuela pagaba los libros “leídos”.

Mi hija de 6 años me hizo esta pregunta: ¿Por qué hablamos del buen Dios? A lo que le contesté: Hace unas semanas tenías sarampión y ahora el buen Dios te ha curado. Pero la niña no quedó muy contenta y replicó: Muy bien, papá, pero no te olvides de que primero él me envió el sarampión. (Víctor E. Frankl en su libro “El hombre en busca de sentido”).

Abuela, no me voy a confirmar. Dios no existe: ¿Por qué se llevó a mi mamá?

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María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

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