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Enero

Enero suele ser luminosidad y lentitud y una brisa constante que te despeina y hace que la arena te latigue los tobillos. Enero es la promesa de un nuevo comienzo. ¿Dónde estaba el sol?

hace 1 hora
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  • Enero

Por Sara Jaramillo Klinkert - @sarimillo

Vine buscando el sol. Los días largos y calurosos. Suspendida entre dos palmeras una hamaca en la cual se detienen los relojes. Imposible saber si es jueves o domingo. Qué más da si aquí los jueves y los domingos son idénticos a los demás días de la semana. El arte de no hacer nada es un arte difícil de dominar, pero se logra, juro que se logra, tras años de insistencia. Hace mucho renunciamos a buscar rayitas de señal porque entendimos que las noticias importantes siempre encuentran la forma de llegar, aunque a veces se demoren un poco. Los celulares son útiles mientras tengan linterna, que es para lo único que uno debería tener un celular.

Vine buscando el sol y encontré el cielo lleno de nubes oscuras y espesas, detenidas sobre el mar como si fueran fantasmas empachados de relámpagos. No sé si era yo la que tenía tristeza o si era la tristeza la que me tenía a mí. No importa cuántos muertos hayas enterrado, cada duelo siempre empieza de cero. Que va a llover. Que no va a llover. Que va a llover. Que no va a llover. Al principio de año nunca llueve aquí, por eso, la amenaza de tormenta era tan extraña. Enero suele ser luminosidad y lentitud y una brisa constante que te despeina y hace que la arena te latigue los tobillos. Enero es la promesa de un nuevo comienzo. ¿Dónde estaba el sol?

Un día salí a caminar bajo la persistencia de una llovizna que no lograba configurarse en aguacero. A lo lejos venía caminando un pescador arrastrando sus chanclas gastadas de tres puntas. Le faltaban los dos dientes de adelante. Las arrugas alrededor de los ojos formaban líneas extraviadas como mapas que van a todas partes y a ninguna. «Se va a mojar, seño», me dijo. «Usted también», le dije. Y nos quedamos un rato en silencio mirando al cielo encapotado. Éramos tan diferentes y, sin embargo, en ese momento y en ese lugar, éramos iguales. Supongo que todos somos iguales bajo la lluvia.

Esa misma noche las nubes descargaron el aguacero que llevaban días custodiando. Llovía de lado y se inundó la cabaña y el viento intentaba arrancarnos las sabanas de las manos. Amanecimos rodeados de charcos en los cuales las gallinas pescaban grillos y cucarrones y tomaban agua fresca que agradecían, sorbo a sorbo, mirando para arriba. Por fin vimos el sol. Caminamos el sendero que lleva al pueblo porque llevábamos semanas sin reportarnos. En el trayecto nos topamos con varios vecinos; todos hablaban de la tormenta tan ajena a esta época y de los daños que había provocado en sus respectivas cabañas. Muchos estaban asoleando los colchones y las sábanas en cuerdas improvisadas de árbol a árbol. «¿Cómo amanecieron? era lo único que preguntaban. «Mojados —dijimos—, pero ya salió el sol».

Hoy sé que la vida tiene tormentas y nubes oscuras y rincones donde anida la tristeza. Que trenzamos el destino sin apenas percatarnos. Que el mañana es incierto y lo único de lo que podemos estar seguros, es de que el sol siempre sale, incluso, aquellas veces en que no podemos verlo.

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