Irán atraviesa uno de los momentos más críticos de las últimas décadas. Desde el 8 de enero, el país permanece prácticamente aislado del mundo digital, con más de 108 horas de apagón de internet, mientras las protestas no solo continúan, sino que se expanden y se radicalizan. Aunque esta semana se restableció de forma parcial la conexión telefónica internacional, el bloqueo de la red persiste, una medida que el Gobierno justifica en supuestas “operaciones terroristas dirigidas desde el extranjero”, pero que Organizaciones de derechos humanos interpretan como un intento por ocultar la magnitud de la represión.
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Las manifestaciones, que comenzaron a finales de diciembre como un reclamo contra el alto costo de vida, mutaron rápidamente en un desafío directo al régimen teocrático instaurado tras la revolución islámica de 1979. La quema de retratos del líder supremo, el ayatolá Alí Jamenei, de 86 años,se ha convertido en un símbolo de un silencio que va más allá de lo económico. Para analistas como Clément Therme, este ciclo de protestas se diferencia de los anteriores porque condensa descontentos históricos:la crisis económica persistente, las demandas de mujeres y jóvenes, el empobrecimiento de la clase media y una frustración política acumulada durante décadas.
El impacto del bloqueo digital
El apagón digital se ha convertido en una pieza central de este pulso de poder. Según NetBlocks, la conectividad cayó a cerca del 1% del tráfico habitual, un patrón que recuerda los bloqueos de 2019 y 2022, cuando la incomunicación precedió episodios de represión masiva. EL COLOMBIANO habló con el internacionalista Abdelaziz Malaver, quien explicó que este escenario no es improvisado, sino el resultado de una"acción política pensada efectivamente para el bloqueo de internet. Esto refleja claramente una toma de decisión por parte de las autoridades iraníes, que ejercen mayor presión sobre estos movimientos y que puede verse reflejada en los procesos de reivindicación de derechos y libertades", es decir, una decisión que busca aumentar la presión sobre los movimientos sociales y reforzar la narrativa oficial de amenazas externas.
En paralelo, ONGs como Iran Human Rights y HRANA estiman que las muertes podrían oscilar entre cientos y varios kilómetros, cifras imposibles de verificar plenamente debido al cerco informativo.
Sin embargo, el corte de internet no ha logrado sofocar las protestas. Por el contrario, su persistencia sin una coordinación digital abierta plantea un escenario inédito: la movilización ya no depende exclusivamente de redes sociales, sino de una indignación social profundamente arraigada. Malaver subrayó que, aunque las plataformas digitales han sido clave en otros ciclos de protesta, en Irán se observa una mayor cohesión social y la emergencia de formas alternativas —más locales y, en algunos casos, clandestinas— de organización y resistencia.
En dialogo con este diario, Manuel Camilo González, profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad de San Buenaventura, se refirió al bloqueo como la respuesta a una lógica clásica de los regímenes autoritarios, que “se benefician de la opacidad, es decir, de la falta de información”, ya que ello les permite controlar el relato oficial y, sobre todo, afectar la coordinación entre los distintos grupos opositores. Aun así, el académico advirtió que el desenlace no dependerá tanto del número de manifestantes en las calles como de lo que ocurra dentro del aparato estatal.
En esa misma línea, EL COLOMBIANO habló con Rafael Piñeros Ayala, profesor de la Universidad Externado, quien señaló que el verdadero punto de quiebre solo aparecería si algunos sectores de las fuerzas de seguridad dejan de asumir como ilegítimas las demandas ciudadanas y optan por no reprimirlas. Históricamente, explicó, los regímenes autoritarios empiezan a resquebrajarse cuando la policía o el ejército regular se resisten a seguir cargando con el costo de la represión, una señal de debilidad que el poder difícilmente puede tolerar.
El frente internacional añade una capa adicional de tensión, pero no garantiza un desenlace inmediato. Las declaraciones del presidente estadounidense Donald Trump, instando a los manifestantes a derrocar al Gobierno, y la posibilidad de nuevas sanciones europeas refuerzan la narrativa del régimen sobre la injerencia externa. Para Piñeros, sin embargo, la información sobre Irán sigue siendo fragmentaria y asimétrica, lo que hace imposible anticipar con precisión si el país se acerca a una transición profunda o a un nuevo ciclo de cierre autoritario.
Así, la pregunta ya no es solo cuánto tiempo más puede Irán sostener un apagón digital casi total, sino qué está dispuesto a hacer el régimen cuando el control empiece a fallar en alguno de sus engranajes internos. Si el aislamiento informativo ha sido históricamente el preludio de la violencia, este bloqueo prolongado sugiere que el poder no solo busca restablecer el orden público, sino preservar su propia supervivencia frente a una sociedad que, incluso a oscuras, sigue saliendo a las calles.
Con información de AFP y CNN*.