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El mensaje que quedó en mí

Se trata de entender nuestro rol en la humanidad, de comprender ese compromiso que tenemos con los otros, como alguna vez dijo el
Papa Francisco.

24 de abril de 2025
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  • El mensaje que quedó en mí

Por Caty Rengifo Botero - JuntasSomosMasMed@gmail.com

Recientemente en uno de los clubes de lectura que participo estuvimos leyendo el último libro de Yuval Noah Harari, Nexus. Como es normal en un club con más de 300 mujeres y una trayectoria de ya casi 4 años leyendo juntas, las opiniones a favor y en contra del libro no se hicieron esperar. La conversación sobre el libro se caracterizó por el especial énfasis que el autor hacía en la importancia de la comunicación y cómo el lenguaje ha sido el factor decisivo en el desarrollo de nuestras sociedades. Para mí, que soy una defensora de la comunicación como mecanismo de unión, la discusión fue apasionante. Sin embargo, el miedo que logré identificar en muchas de las intervenciones me ha llevado a cuestionarme, sobre el rol que tenemos en un mundo hiperconectado, en donde la comunicación es inmediata y las consecuencias de las fallas de comunicación impactan más rápido que nunca a las poblaciones.

En medio de mis reflexiones, recordé la intervención de Ava DuVernay en el Hay Festival en Cartagena, cuando le preguntaron sobre qué pensaba hacer ella frente a los cambios que atravesaba su país en ese momento. ¿Cuál creía ella qué debía ser su rol como mujer, como directora de cine afrodescendiente, frente a los recientes hechos en su país? El silencio inundó la sala y con la delicadeza de quien tiene claro el camino, ella dijo: Seguir siendo esperanza, la esperanza no se puede perder.

Y llegó el 21 de abril, la noticia de la muerte del Papa Francisco, mucho se puede decir de lo que Jorge Mario Bergoglio, quiso enseñarnos. Fueron muchas las frases que nos acompañaron y múltiples las enseñanzas que sembró en esta tierra. Yo por mi parte a raíz de mi conversación interna sobre el rol que tenemos en esta polarización quiero quedarme con una en especial. Una frase que lo caracterizó desde el principio, una frase que entiendo como la responsabilidad que tenemos como seres humanos en el mundo: “La esperanza no defrauda. ¡El optimismo defrauda, la esperanza no!”.

Hans Rosling en su libro Factfulness, nos indica que estamos en la que quizás es la mejor era del ser humano, en donde más necesidades están satisfechas, donde menos personas mueren de hambre y donde más “bienestar” tenemos. Sin embargo, el mensaje del Papa unido a las palabras de Rosling y las de Ava me dicen: No se trata de ser optimista y ver en las nuevas tecnologías la piedra filosofal, la fuente de la eterna juventud o la solución a todos nuestros problemas. No, eso es optimismo tóxico y eso defrauda. Se trata de entender nuestro rol en la humanidad, de comprender ese compromiso que tenemos con los otros, como alguna vez dijo el Papa Francisco, se trata de compartir la desesperación de quienes nos rodean, entender lo que sienten y por medio de la compasión generar una esperanza colectiva que nos movilice como humanidad. En el tiempo de la Inteligencia Artificial, se hace necesario que la esperanza de la inteligencia emocional llene los espacios que habitamos.

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María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

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