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El tren de la historia

El tren de la “Gran América del Norte” ya partió. Colombia tiene los boletos geográficos y estratégicos. El momento es ahora.

hace 1 hora
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  • El tren de la historia
  • El tren de la historia

Por María Clara Posada Caicedo - @MaclaPosada

Hace apenas semanas, el secretario de Defensa Pete Hegseth delineó un nuevo perímetro estratégico que redefine la geopolítica hemisférica: desde Groenlandia hasta el Ecuador, todo el territorio al norte -incluyendo Colombia- se considera “perímetro de seguridad inmediata” de Estados Unidos. Este no es un ajuste menor; es la actualización pragmática de la Doctrina Monroe bajo la visión de la actual administración. Se le ha llamado “Gran América del Norte” o “Trump Corollary”. Washington concentra su poder en su vecindario natural, reduce su exposición en teatros distantes y declara que la estabilidad del hemisferio es asunto de seguridad nacional directa.

Las implicaciones son asimétricas y profundas. En Europa, el menor compromiso estadounidense -reubicación de recursos y llamados a que los aliados asuman más carga- puede generar mayor inestabilidad. Las tensiones regionales se agravan, los presupuestos de defensa se tensionan y el riesgo de conflicto escala. En contraste, América Latina entra en una zona de relativa calma estratégica. El blindaje contra influencias extracontinentales y amenazas transnacionales reduce la incertidumbre geopolítica. Menos riesgo equivale a menor prima de riesgo país. Los capitales que huyen de la volatilidad europea o asiática buscarán refugio aquí. Inversión, nearshoring, infraestructura crítica y flujos migratorios calificados se concentrarán en los países que ofrezcan estabilidad, predictibilidad y alineación con los intereses norteamericanos.

Colombia está geográficamente privilegiada para capitalizar esta coyuntura. Su posición bisagra entre Centroamérica y el norte de Sudamérica, sus dos océanos, recursos energéticos, minerales críticos y cercanía al Canal de Panamá la convierten en nodo natural de la nueva arquitectura hemisférica. Mayor cooperación en seguridad contra el narcotráfico no solo mejorará la estabilidad interna sino que generará la confianza que exigen los inversores. Puertos modernizados, corredores logísticos, energía y agroindustria de alto valor atraerán capital que busca diversificar lejos de Asia. El nearshoring puede replicarse aquí con ventajas únicas: Mano de obra calificada, tratados de libre comercio y cadenas de suministro más cortas.

Esta bonanza no es automática. Requiere decisiones claras. Cuba,Nicaragua y aún Venezuela, atrapados en ideologías socialistas del siglo XX, han elegido el aislamiento y se quedan fuera del flujo de inversión y oportunidades. Colombia no puede cometer el mismo error. Elegir a Iván Cepeda como líder equivaldría a alinearse con modelos empobrecedores, alejándose de esta oportunidad histórica. Mientras nuestros vecinos latinoamericanos opten por gobiernos que respeten la propiedad privada, garanticen seguridad jurídica, apoyen a los empresarios y promuevan la explotación inteligente de los recursos naturales, avanzarán con inversiones, empleos de calidad y progreso real para sus pueblos. Colombia quedaría rezagada, convertida en isla ideológica en un mar de dinamismo.

Esta es la coyuntura que define generaciones. Mientras Europa enfrenta incertidumbre, América Latina -y Colombia en particular- puede convertirse en el nuevo polo de crecimiento del siglo XXI. Inversiones transformadoras, ciudades más seguras y un salto en desarrollo humano están al alcance.

La seguridad estadounidense no amenaza la soberanía. No. Actúa, en cambio, como viento de cola para quienes saben navegarlo. No es el momento de dejar pasar el tren de la historia, porque puede ser el último tren de este siglo. El tren de la “Gran América del Norte” ya partió. Colombia tiene los boletos geográficos y estratégicos. Solo depende de no quedarse en el andén mientras otros avanzan hacia la prosperidad. El momento es ahora. La oportunidad, histórica.

Pd: Paloma, como presidente, capitalizará esa oportunidad. De eso, no hay duda.

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