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Crónica de un Fan Fatal: La música como territorio de lo posible

hace 17 horas
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  • Crónica de un Fan Fatal: La música como territorio de lo posible

Diego Londoño
@ElFanFatal

En un país donde la desigualdad no solo se mide en ingresos sino también en acceso a la cultura, hay preguntas incómodas que siguen sin resolverse: ¿quién tiene derecho a la música?, ¿quién puede habitar el arte?, ¿quién decide qué voces merecen ser escuchadas?

Durante años, la cultura ha sido tratada como un privilegio. Algo que ocurre en teatros, en salas de concierto, en circuitos cerrados que no siempre dialogan con la realidad de los territorios. Pero hay iniciativas que desmontan esa lógica desde la raíz, no con discursos, sino con acciones concretas. La Corporación Cultural Pasión & Corazón es una de ellas.

Su trabajo, sostenido durante más de una década, parte de una premisa poderosa: la música no es un adorno social, es una herramienta de transformación. Y no en abstracto. Hablamos de niñas, niños y jóvenes que viven en contextos atravesados por la violencia, la discriminación o el abandono estatal, y que encuentran en la música algo más que una actividad extracurricular: encuentran un lugar en el mundo.

Pero lo que me llamó la atención, o lo relevante no son solo las cifras, sino la mirada que tienen con el uso y ejercicio de la música.

En territorios como el resguardo indígena Marcelino Tascón o comunidades afro de Urabá, la música no llega como imposición, sino como diálogo. No se trata de enseñar “lo correcto”, sino de escuchar lo que ya existe. De ahí nacen procesos como la Filarmónica Emberá Chamí o la Filarmónica Negra, donde la formación musical no borra la identidad sino que la fortalece.

Esto debería ser obvio, pero no lo es en nuestro país, el arte como un derecho cultural. Y cuando ese derecho se restituye, pasan cosas. Se revitalizan lenguas, se recuperan saberes, se construyen vínculos. La música deja de ser simplemente un escenario.

Hay otro frente igual de revelador: el de los jóvenes que quedan por fuera del sistema. Según datos del propio sector, decenas de músicos formados en procesos institucionales terminan sin espacios para continuar su desarrollo orquestal cada año. Es ahí donde aparece la Filarmónica Metropolitana de Medellín, no como un proyecto alternativo, sino como una respuesta necesaria.

Más de 300 jóvenes han pasado por este proceso. Jóvenes, en su mayoría, de estratos 1, 2 y 3, que no solo encuentran continuidad en su formación musical, sino también una posibilidad de futuro. Y aquí hay que decirlo sin rodeos: esto no debería depender únicamente de iniciativas independientes.

Porque cuando la cultura logra convocar a más de 25.000 espectadores en un año, llenar teatros y sostener procesos en múltiples territorios, lo que está demostrando no es solo capacidad artística. Está evidenciando una necesidad social profunda.

La música, en estos contextos, no es entretenimiento. Se convierte en posibilidad.

En un país como Colombia, donde la conversación sobre la paz suele quedarse en lo institucional, vale la pena mirar hacia estos espacios donde la paz se construye todos los días, en ensayos, en conciertos, en procesos colectivos donde alguien que nunca había tenido acceso a un instrumento descubre que puede hacer parte de algo. Tal vez el error ha sido pensar que la cultura es el resultado del desarrollo, cuando en realidad es una de sus condiciones.

Invertir en música, en arte, en procesos comunitarios, no es un gesto simbólico es una decisión estructural.

Porque cuando un niño cambia la violencia por un instrumento, cuando una comunidad recupera su memoria a través del canto, cuando un joven encuentra un escenario en lugar de un vacío, lo que está ocurriendo no es un milagro cultural. Es, simplemente, justicia.

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