Pico y Placa Medellín

viernes

3 y 4 

3 y 4

Pico y Placa Medellín

jueves

0 y 2 

0 y 2

Pico y Placa Medellín

miercoles

1 y 8 

1 y 8

Pico y Placa Medellín

martes

5 y 7  

5 y 7

Pico y Placa Medellín

domingo

no

no

Pico y Placa Medellín

sabado

no

no

Pico y Placa Medellín

lunes

6 y 9  

6 y 9

Suscríbete Suscríbete

No abusar de los derechos

Llevar y consumir la “dosis mínima” puede ser un derecho del consumidor, dada su adicción y dependencia, pero no debería prevalecer sobre los derechos de los demás en parques y sitios de recreación y esparcimiento.

26 de diciembre de 2023
bookmark

Por José Gregorio Hernández Galindo - opinion@elcolombiano.com.co

La celebración de la Navidad es ocasión propicia para reflexionar, individual y colectivamente, sobre muchas cosas, pero en especial acerca de la importancia que tiene - para una sociedad civilizada - el mutuo respeto entre las personas que la integran.

La convivencia es, en sí misma, una necesidad del ser humano, dada su naturaleza sociable. En el interior de toda colectividad, quienes la componen son titulares de la dignidad humana y de los derechos inherentes a ella. Todos deben contar con la plena garantía de su libertad y de sus derechos individuales y sociales, en condiciones de igualdad. Para que ello sea posible, es indispensable entender que el reclamo y el ejercicio de los propios derechos no pueden implicar el desconocimiento o atropello a los derechos de los demás.

La dignidad y los derechos de todas las personas han de ser respetados por todos. El orden jurídico estatal, comenzando por la Constitución y las leyes, tiene por objeto establecer las reglas necesarias para que eso sea posible, y las autoridades administrativas y judiciales deben respetarlas y hacerlas respetar.

En tal sentido, como lo han resaltado - por regla general - los tribunales nacionales e internacionales en la materia, no hay derechos absolutos, ni libertades de infinito alcance. Todo derecho es relativo y su uso no puede conducir a excesos ni agresiones. El derecho de cada uno llega hasta donde comienzan los derechos de los demás. Todo derecho tiene deberes correlativos. De allí que el artículo 95 de la Constitución subraye - lo hace de manera perentoria - que el ejercicio de los derechos y libertades en ella reconocidos implica responsabilidades y que el primer deber del ciudadano consiste en respetar los derechos ajenos y en no abusar de los propios.

Téngase en cuenta, además que, al tenor del artículo 5 de la Constitución, se reconoce, sin discriminación alguna, la primacía de los derechos inalienables de la persona y se ampara a la familia como institución básica de la sociedad. Y no olvidemos que la Constitución protege de manera especial los derechos de los niños, estatuyendo que la familia, la sociedad y el Estado tienen la obligación de asistirlos y protegerlos, “para garantizar su desarrollo armónico e integral y el ejercicio pleno de sus derechos”. Así que cualquier persona puede exigir de la autoridad competente su cumplimiento y la sanción de los infractores. La norma declara: “Los derechos de los niños prevalecen sobre los derechos de los demás”.

El artículo 16 de la Carta Política, al garantizar el derecho a la autonomía personal, también conocido como el derecho al libre desarrollo de la personalidad, no lo concibe como absoluto. Por el contrario, establece que tiene limitaciones: “... las que imponen los derechos de los demás y el orden jurídico”.

Reflexionen los altos tribunales y el Gobierno respecto al porte y consumo de estupefacientes en lugares públicos, en especial en donde hay niños, so pretexto del derecho al libre desarrollo de la personalidad. Llevar y consumir la “dosis mínima” puede ser un derecho del consumidor, dada su adicción y dependencia - infortunadas, por supuesto -, pero no debería prevalecer sobre los derechos de los demás - en particular los niños - en parques y sitios de recreación y esparcimiento.

Sigue leyendo

María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

LEER Crítica arrow_right_alt

Regístrate al newsletter

PROCESANDO TU SOLICITUD